Nick Papadimitriou dice que tenemos un serio problema con las palabras. Lo tiene todo el mundo, en realidad.

 

Pero nosotros, los que bregamos con impresiones subjetivas y luego, en nuestra infinita arrogancia, tratamos de darle algún sentido a esa imprimación y generar algún tipo de arte con ella, padecemos la maldición inherente al nombre, verbo y adjetivo con especial virulencia. Un ejemplo: Nick está haciendo un esfuerzo consciente por eliminar de su vocabulario el término ‘paisaje’.

—Está demasiado asociado a lo pictórico —dice—. Inconscientemente, le lleva a uno a pensar en marcos, en algo enmarcado, en una perspectiva limitada a un marco concreto, al cuadro, al encuadre.

Durante las dos semanas anteriores, hemos cruzado correos electrónicos planeando nuestro encuentro en el aeropuerto de Stansted para deambular por los alrededores, una zona que tanto a él como a mí nos es absolutamente ajena. Yo le haría preguntas mientras ambos explorábamos. “Quizá usemos mapas, quizá no. Puede ser una auténtica aventura o un completo desastre”, escribió Nick en su último mensaje.

Así que el autor de Scarp, novela que le ha valido ser reconocido por la revista Granta como una de las nuevas voces más interesantes de la literatura inglesa, el protagonista absoluto del documental “The London Perambulator”, el Caminante de los Márgenes de Londres, me recoge a la salida de la minúscula terminal en la que aterrizo y, tras las correspondientes presentaciones, me informa de que, finalmente, ha traído un mapa consigo. Una guía de senderos y vías rurales del 1998, totalmente obsoleta. Aun con mapa, seguimos sin saber con qué nos toparemos ahí afuera. Echamos a andar.

—En 1985, tras dos años formándome como consultor de adictos, me sentí incapaz de llevar a cabo el trabajo, así que volví a Londres. Estaba en la ruina, deprimido y asustado, y sentí que debía encontrar algo que me diese sentido, algo que fuese sólo mío —dice—, algo que tenía que ver con el territorio. Había un gran componente de enfado en todo ello. Estaba muy enfadado con la gente que me rodeaba, con mis amigos trendy; me indignaba muchísimo su presunción de clase media, no me gustaba su ostentación burguesa. Sentí que, al salir a caminar en cualquier dirección, sin rumbo, al sumergirme en el territorio, me alejaba de todo aquello, sumía mi consciencia en algo mayor que sus —aprieta los dientes— bandas de rock, fotógrafos y cineastas… Quizá suene algo infantil, como motivación, pero en aquel tiempo tenía sentido.

—Por pura reacción al entorno —aventuro.

—Por pura reacción al entorno y —enfatiza— “hacia” el entorno.

—¿Y por qué dedicarse a los márgenes? ¿Por qué no hacer esa misma inmersión en el núcleo urbano de Londres?

—Porque creo que es un punto muerto cultural, que constriñe mi consciencia. Además, como escritor, considero que se ha narrado tantísimo sobre Londres… ¿Quién querría seguir escribiendo sobre algo que se ha sobrescrito de tal manera? Me motiva mucho más transitar las líneas de tensión entre mi idiosincrasia urbana y la sensación de estar vertiéndome en algo mayor.

Estamos yendo en dirección a una línea pintada en naranja y verde en la guía. Hacia una vía ferroviaria desmantelada al sur de Takeley. El Caminante de los Márgenes quiere ver qué sensaciones nos provoca recorrer un tramo, por pequeño que sea, de algo con tantas connotaciones y carga conceptual. Llevamos más de una hora andando por senderos abandonados, hundidos en barro hasta los tobillos. Hemos saltado la cerca de un par de granjas que no aparecen en el mapa para acceder de forma ilegal a una pista forestal en desuso que nos aleje de las carreteras principales y nos lleve a lo profundo del área rural entre Little Newlands Wood y Prior’s Wood.

—Llamas a lo que haces, a caminar y atrapar impresiones del territorio, “topografía profunda”, expresión que me parece más que acertada pero, ¿cómo definirías la práctica? —pregunto.

—No sé si me atrevo a definirla. No me gusta teorizar. Se trata de una cuestión de poder y energía, de capturar ambos al caminar y luego trasladarlo a la escritura. Una sensación recurrente que tengo es que, al andar, algo anda a mi lado, y le hablo… Literalmente… Le hablo. Esta cosa anda conmigo. Esta entidad que se siente como una persona pero que sé que no lo es. Y ella también me habla. Dice cosas brillantísimas que, por lo general, no puedo captar por completo. Cuando me detengo y las anoto, ya no están ahí, pero siempre queda algo. Fragmentos.

Al llegar a un claro en el que súbitamente somos rodeados por una bandada de mariposas blancas, el Caminante menciona también las Enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda. “Existen ‘sitios de poder’, lugares específicos, energéticamente significativos, en los que todo tiene sentido y el tiempo se disuelve”. Topamos con un estanque entre la maleza, un punto y aparte en el recorrido del riachuelo que estamos siguiendo en paralelo y cuyo curso ha sido truncado por la construcción (en algún momento de los dieciséis años que separan cuándo se trazó nuestro mapa y el ahora mismo) de una autovía que conecta el aeropuerto con las urbanizaciones cercanas.

—¿Alguna vez tienes pesadillas? —pregunta el Caminante.

—A menudo, sí —respondo.

—Me refiero a una pesadilla de verdad, no sólo a un mal sueño. Un momento de esos en los que estás dormido y, a la vez, despierto; estás en tu cama y no puedes moverte, y empiezas a recibir visiones, se te aparecen criaturas extrañas…

—¿Quieres decir episodios de parálisis del sueño? —interrumpo—. Suelo hacer ejercicios de sueño lúcido, y la parálisis del sueño es casi un efecto secundario a éstos.

—¿Alguna vez has visto alguna de esas criaturas? —pregunta.

—Por supuesto. Cada vez.

—¿De dónde vienen?

—De las paredes.

—Exacto —dice, triunfante—. A eso me refiero. Están ahí. En las paredes. En el mundo. En el bosque. En el cemento. El truco está en conectar con la voluntad del mundo, por expresarlo en los términos de Schopenhauer. La voluntad del mundo, que es de donde surgen esas entidades. Conectar con eso y ver qué quiere contarnos. Aunque fracasemos cada vez a la hora de nombrarlo. Porque nunca damos con el lenguaje ajustado a la magnitud de la experiencia.

Nick Papadimitriou pasó su infancia y primera adolescencia en un correccional, condenado por haber prendido fuego a su escuela. Ha sido drogadicto. Ha sido profesor de inglés en una base militar polaca. Ha practicado yoga de forma fanática. Nunca viaja más allá de los confines de Londres. Y a pesar de todo esto, quiere que lo único que le defina sea el hecho de caminar. Caminar y observar y conectar. Cuando le cuento que en castellano tenemos una expresión maravillosa, “el movimiento se demuestra andando”, que creo que le viene al pelo, a él más que a nadie, sonríe.