Un documental recoge la historia de la banda finlandesa formada por músicos con parálisis cerebral que representó a Finlandia en Eurovisión.

 

Con un título como The Punk Syndrome ya me tienes el corazón ganado. Si el documental que lo luce además es bueno, pues oye, miel sobre hojuelas, y éste lo es: sigue los pasos de Pertti Kurikan Nimipäivät (o PKN), la banda de punk cuyos miembros tienen parálisis cerebral y síndrome de Down y que representó a Finlandia en Eurovisión, y lo hace con una mirada serena, clínica, sin condescendencias o buenismos, pero también sin querer comprar la simpatía del espectador.

La cinta es 2012, de antes de que Eurovisión y los medios convirtieran a PKN en la anécdota de la semana, y sirve para rescatar a la banda de la hoguera de la actualidad pasada. A estas alturas, todo lo que tenga que ver con Eurovisión 2015 es pura ceniza, porque la actualidad lo quema todo ya no en 15 minutos sino en 15 segundos. La actualidad es la muerte del ahora porque el ahora es algo que sucede sin intervención humana y la actualidad hay que intentar sujetarla. La actualidad sólo existe si se documenta sin cesar, una escritura sin lectura. La cultura, la vida en general, se mueve hoy a ritmo de timeline, de tweets: apocalipsis, fin de la historia. A veces comparto con el filósofo Fréderic Gros ese objetivo imposible de dejar de leer las noticias. The Punk Syndrome intenta capturar algo y está hecho con ánimo de durar; Eurovisión es combustible mediático que no pretende hacer pasado, mira ya al año próximo y del actual no quedan más que memes y anécdotas.

El punk es una mezcla complicada de rabia, desidia, desafección, ganas de juerga y fragilidad.

The Punk Syndrome no oculta su interés por la suma-reclamo: música salvaje + minusvalía. ¿Se puede hablar de Pertti Kurikan Nimipäivät sin centrarse en su discapacidad? Es más, ¿tiene sentido hacerlo? Claro que los medios les han hecho caso por sus dificultades pero ¿acaso no les da eso mérito mediático? ¿No es su superación una historia interesante en sí? Dedicarles un documental ¿es condescendencia o reconocimiento? En casos así, hay una tendencia inevitable a caer en el obstáculo: el atleta sin piernas, el pianista con osteogénesis imperfecta, el músico ciego. Luego está que PKN no son Michel Petrucciani: ¿les escucharíamos si no fuera por lo externo, por lo paramusical? Pues no sé yo. El punk es otra liga y hay que tener morro fino en lo grotesco para apreciarlo. Saber degustar lo feo, lo sucio, lo cafre. Con PKN no hablamos de virtuosos, pero es que estamos en un género que escupe a la cara del talento. Otra cosa es que los vayan a querer escuchar en la oficina.

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Tirando de ese hilo, ¿son PKN verdaderos punks o niños (grandes) jugando al punk? A mí me dan dentera los repartidores de carnés, los guardianes de Lo Auténtico, pero me mojo y les digo que sí. Un sí, además, muy fuerte. El punk es una mezcla complicada de rabia, desidia, desafección, ganas de juerga y fragilidad. No se puede ser punk si a uno no le irritan las injusticias del sistema, si uno no se siente fuera de lugar y no quiere, pese a todo, pasar un buen rato aunque ni siquiera sepa tocar. El punk es rebeldía ante los desequilibrios del mundo y de nosotros mismos; el universo arde, bailemos alrededor de la hoguera. Los cuatro miembros de PKN (Kari, Sami, Pertti y Toni) tienen rabia y alegría a paladas. No es un juego ni una impostura: esta gente está vomitándose a sí mismos sobre las tablas. Los hombres de Pertti Kurikan podrían ser, miren lo que les digo, el acto más punk que se ha visto en muchos años.

No perdamos de vista la frustración. Podríamos decir que es incluso el gran tema de The Punk Syndrome. Vale, es una cinta vitalista, de lucha frente a la adversidad y todo eso, pero no esperen uno de esos feel good docs que tanto les molan a los anglosajones. Esto no es Young at heart. Con un estilo naturalista, de cinéma vérité (el otro gran cliché del cine documental ahora mismo, por otra parte), los directores Kärkkäinen y Passi nos enseñan los flecos más ásperos de sus personajes. Los PKN son gente que sufre, gente consciente de sus límites, de sus prisiones. Con ese enfoque clínico y directo, la cinta ataca dos axiomas del buenismo: primero, la infantilización idealizada del discapacitado, segundo, la ridícula corrección política de negar la discapacidad. Veamos.

PKN están en casa cuando tocan porque el punk, a fin de cuentas, siempre ha sido el terreno de los inconformistas, los inadaptados y los descastados, nunca de los normales.

Son muy pocos los textos que se preocupan por el síndrome de Down y las discapacidades intelectuales en la edad adulta. Si nos quedásemos con la representación mediática, podríamos pensar que son males que se limitan a los niños. Si esto lo sumamos a la imagen idealizada y rousseauniana de la infancia que domina en nuestra sociedad niñocéntrica, en la que los niños son seres nobles e inocentes, acabamos con el arquetipo del síndrome de Down como un trastorno que encierra a la persona en un estado de eterna pureza. Y no. La infancia es tener todos los grifos de las emociones abiertos a tope y ninguna herramienta para regularlos. Hay alegría pura pero también autodestructiva, ira sin objeto y miedo a lo desconocido, que en ese momento es casi todo. La infancia es tanto ternura como violencia. Los PKN muestran en todo momento ese desbordamiento emocional mientras se enfrentan, ojo, a temas bien adultos. En el documental se habla de independencia, de amor, de sexo, hasta de política. Kari, Sami, Pertti y Toni saben bien en qué mundo viven y ansían tener la autonomía que les haga dejar de ser niños, a ojos de los demás y de sí mismos.

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Estando así el percal, parece frívolo ofenderse con la palabra “discapacidad” y querer cambiarla por “diversidad”, fingir que aquí no pasa nada y que todos partimos del mismo sitio. Todos merecemos el mismo respeto y las mismas oportunidades pero eso no significa que a unos no les hayan tocado cartas peores en el reparto. Hay discapacidad y es una putada. Por eso, volvemos a lo de antes, tiene tanto mérito colgarse un instrumento y empezar a despotricar, vociferando contra la impotencia, contra la rabia, contra el sistema que olvida a los desfavorecidos (aunque oye, los servicios sociales que se dejan entrever en el documental son para echarse a llorar de envidia). Tocar con furia, vaciar la ira en un riff de guitarra, aunque nos parezca difícil y no nos salga y acabemos llorando de, otra vez, frustración.

A mí me parece que el punk es un poco todo esto y que como síndrome sirve de contrapeso perfecto a esos otros síndromes genéticos; rabia (y no dulzura) contra la rabia, rebeldía contra nuestros propios techos para intentar romperlos un poquito. PKN son unos punkarras admirables, están en casa cuando tocan porque el punk, a fin de cuentas, siempre ha sido el terreno de los inconformistas, los inadaptados y los descastados, nunca de los normales. Esto bien merece que se les haga caso y se les dedique un documental.

En comparación, lo de ir a (y quedarse a las puertas de) Eurovisión no es más que una anécdota, una entrada más en una lista de rarezas que incluye transexuales, mujeres barbudas y comediantes como reclamos para el espectador despistado. PKN son los punkis con síndrome de Down que compitieron en Eurovisión, sí, pero también mucho más que eso. El Festival de la Canción es un despliegue kitsch tan llamativo como inofensivo en el que los trallazos y las angustias de unos punkarras como ellos hubieran caído en saco roto. Allí no tenían nada que ganar. PKN nunca fue para Eurovisión.