Hitchin’ Bitches es un movimiento internacional de mujeres amantes del shibari que se reúnen para practicar este arte japonés en un ambiente seguro.

 

Hay personas a las que les gusta ser atadas; otras prefieren ser ellas mismas quienes abrazan e inmovilicen con cuerdas. Yo, debo confesarlo, pertenezco a ese reducido grupo de amantes del shibari que se sienten más cómodos siendo observadores pasivos. Pero cuando Glü Wür, atadora y performer chilena, me preguntó que cómo iba a escribir sobre el tema si no lo experimentaba antes, tuve que callarme y aceptar que me atase; las chicas de Hitchin’ Bitches Barcelona no esperaban menos. Y, sin embargo, esas cuerdas de yute que anudadas bajo los pechos y alrededor de la cintura de otras mujeres, recorriendo los meridianos de sus cuerpos, las hacían parecer tan bellas –e inmovilizadas-, a mí me provocaron la sensación de ser una prisionera.

— Casi preferiría hacerlo yo… – le digo a Glü.

— Yo también prefiero atarme a mí misma.

Y con un alarde de sinceridad, nudos, mi poca elegancia y consejos de algunas de las participantes para que me dejase ir – “es como estar en un globo”, “no te quejes tanto y relájate”-, empezó la sesión.

Shibari. Foto: Andrea Huls.

Foto: Andrea Huls.

Crear lazos en un ambiente seguro

Glü Wür es la organizadora de Hitchin’ Bitches Barcelona, un movimiento internacional que tiene su origen en el feminismo ‘queer’ y congrega en ciudades como Madrid, Londres o San Francisco a mujeres amantes de este arte japonés para que exploren su sexualidad de forma alternativa, compartan experiencias y, sobre todo, sean amigas: “Este espacio nació por mi propia necesidad de tener contacto con otras atadoras y poder hablar, jugar con los ‘floggings’ y desnudarse en un ambiente seguro”, cuenta. La seguridad, dice, es primordial, ya que en algunas ocasiones las chicas se dejan atar por aficionados y acuden a casas de desconocidos poniendo en peligro su integridad física.

“Me parece mucho más seguro y horizontal atar a una mujer. Cuando practico shibari con un hombre siento que tengo que gustarle” – Glü Wür.

Glü sólo se deja atar por mujeres y, puntualmente, por algún atador experto, aunque la mayoría de las veces es ella quien se abraza a sí misma con las cuerdas. “Me gusta tener el control sobre mi propio cuerpo, marcar mis propios límites”, dice. Se inició en el shibari hace ya más de tres años, primero como modelo, un paso habitual en la trayectoria de muchas atadoras, pero acabó por cansarse de depender de los hombres. Pertenece a una nueva generación de mujeres que se atan sin necesidad de otros, como Miss Eris o la madrileña Proa Proeza. “Me parece mucho más seguro y súper horizontal atar a una mujer, e incluso puede ser sexual. Cuando ato a un hombre mi energía es diferente, siento que tengo que gustarles, ganármelos, y siempre entro en conflicto conmigo misma”, afirma.

Hitchin' Bitches Barcelona. Foto: Andrea Huls

Foto: Andrea Huls.

 

Ciara, fotógrafa y modelo de shibari, está tendida en el suelo y Glü Wür le ha anudado las piernas y le enseña cómo pasar la cuerda bajo sus pechos para realzarlos. Melissa e Irene, ambas artistas circenses, también juegan a atarse y bromean. Hay algo en el ambiente que recuerda a una fiesta de pijamas que se ha desmadrado o un aquelarre en donde nadie ha invitado al macho cabrío, porque tampoco lo necesitan.

Atadores, sí. ¿Y atados?

Desde que Hitchin’ Bitches Barcelona entró en funcionamiento, al igual que su homólogo madrileño, muchas mujeres cada vez más jóvenes participan en sus clases abiertas y jams de bondage. Algunas quieren aprender a suspenderse ellas mismas, explorar esa extraña sensación de que el tiempo y el espacio se detienen cuando flotan, atadas; otras, sumisas veteranas, buscan un nuevo recurso para sus juegos de BDSM. “Lo que me llamó la atención del Shibari es atar en sí, inmovilizar a alguien y tenerlo para mí”, cuenta Ayla, a quien su propio amo está enseñando a atar. Otra cosa muy diferente es que ellos acepten intercambiar los roles…

Practican shibari en un ambiente de seguridad. Foto: Andrea Huls.

Foto: Andrea Huls.

 

Glü Wür piensa que un buen atador –‘nawashi’, en japonés- debería experimentar primero con él mismo antes de atar a otros. Y Ciara lo suscribe, para ella la empatía marca la diferencia entre atadores hombres y mujeres: “Los tíos a veces practican shibari desde una visión muy porno, cuando en realidad es una comunicación sin palabras, una danza”.

“Cuando me atan me siento vulnerable y poderosa a la vez, porque controlo mi cuerpo” – Irene.

Los hombres modelos escasean en este arte oriental que cada vez tiene más adeptos en occidente: “Cuesta encontrar hombres que se dejen atar, debe ser la cuestión del control. Se creerán demasiado machos”, dice Ariel, otra de las participantes. Jasone, ‘bedesemera’ veterana, ha podido experimentar lo que se siente atando a un hombre, aunque de una forma algo más doméstica: “Sólo he practicado shibari con mi marido y mi hijo”. Incluso en un territorio de libertad (y libertinaje) sexual y juego de poder como el BDSM, donde las dominatrices son veneradas como diosas y los sumisos se sienten felices abrillantando sus botas, siguen existiendo roles de género. ¿Será que a los hombres les asusta sentirse indefensos?

shibari atadura.

Foto: Andrea Huls.

 

“Cuando me atan me siento vulnerable y poderosa a la vez, porque controlo mi cuerpo”, dice Irene, que ha acudido a su primera reunión sola, algo que para Glü Wür marca el principio de un círculo de atadoras basado en la confianza y la seguridad. Como para la mayoría de participantes de Hitchin’ Bitches, la indefensión es un estado que debe transitarse. “Me he dejado atar por desconocidos, sí, pero es una buena señal que te pregunten si te está doliendo y qué no estás dispuesta a hacer”, explica. Y Ciara coincide: “El BDSM está muy mal entendido. Es el sumiso quien marca las reglas del juego”.

Shibari. Foto: Andrea Huls.

Foto: Andrea Huls.

Indefensas, pero empoderadas; sometidas y a la vez al mando. Así se sienten las practicantes de shibari, un arte que nació en el Japón medieval para apresar y torturar a los enemigos y hoy crea lazos difíciles de romper.