Sala Cíclica ha lanzado una campaña de ‘crowdfunding’ para transformar un videoclub de culto en Barcelona en un espacio para la comunidad, pese a quienes quieres desahuciarlos

 

Abrir un videoclub en pleno siglo XXI podría considerarse un negocio suicida; convertirlo en un cine de barrio y espacio comunitario, un sueño camino de hacerse realidad. El de David Cabrera, propietario del videoclub Cíclic, en el barrio de La Ribera (Ciutat Vella), una de las zonas más afectadas por el rápido proceso de gentrificación que sufre el centro de Barcelona.

De los 12.000 socios que tenía el videoclub, entre un 30 y un 35% han tenido que marcharse del barrio, la mayoría inmigrantes que no pudieron hacer frente al aumento del precio del alquiler”, cuenta este antiguo publicista de éxito que un buen día decidió dejar de vender zapatillas y lavadoras y acabó convirtiéndose en el ‘dealer audiovisual’ de un montón de productoras, desde su pequeño ‘gran’ videoclub ubicado en la calle Rec Comtal.

Interior de videoclub Cíclic.

Foto: Andrea Huls.

 

Cíclic saltó a los medios cuando anunció que donaría los 15.000 deuvedés de sus estantes, entre los que se cuentan joyas de los orígenes del cine, cintas autor, videoactivismo y videoarte, al barrio de La Ribera y a sus vecinos. Y no es para menos, ellos, los vecinos del barrio y los socios del videoclub, le han ayudado a librarse de más de un intento de desahucio orquestado por los actuales propietarios del inmueble, que quieren convertir esta meca del cine de culto a precios populares en un restaurante. Por eso han lanzado una campaña de ‘crowdfunding’ para mudarse a otro espacio, eso sí, en la misma calle Rec Comtal, porque Sala Cíclica, dice David, sólo tiene sentido en el barrio de La Ribera.

“El último intento de desalojo (el pasado 12 de julio) fue el más bestia de todos, así que dudo que podamos resistir al siguiente. Había unas ochenta personas en la puerta para impedir que entrase la policía y los ‘supuestos’ representantes de la propiedad. “Me dijeron: ‘¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?’ ‘Hasta la última de mis fuerzas’, les contesté. No agrediré a nadie, pero dudo que estás personas se queden de brazos cruzados si alguien me golpea por querer montar un cine de barrio. Querían traer furgonetas cargadas de mossos de esquadra para desalojar un local donde sólo había familias y vecinos intentando detenerlos”, cuenta. Un día antes de que esta entrevista tuviera lugar, unos desconocidos intentaron incendiar el buzón de devolución de películas.

Goteo de personas en Cíclic. Foto: Andrea Huls.

Foto: Andrea Huls.

 

Hace un par de años que le rondaba la idea de transformar su videoclub en un lugar donde los vecinos pudieran reunirse, programar ciclos de cine y realizar actividades, como ‘clubs’ de lucha de clases o las ‘luchas-libro’; un espacio que enriqueciera el diálogo sobre grandes temas que nos importan a todos. Y así nació Sala Cíclica.

“Estudiamos modelos sostenibles en otras ciudades de Europa y Estados Unidos y decidimos transformarnos en una cooperativa con una programación de ciclos de cine y actividades, que enriqueciera el diálogo sobre grandes temas. Partimos del catastro del barrio para saber cuánta gente a nuestro alrededor estaba en una situación de riesgo de exclusión por una cuestión socioeconómica y nos dirigimos a ellos; a esos colectivos que nada tienen que ver con el objetivo de las súper empresas gentrificadoras que han barrido esta calle”, explica.

Puerta con campaña Cíclica. Foto: Andrea Huls.

Foto: Andrea Huls.

 

A casi dos pasos del polémico Hotel Rec Comtal, que la constructura Núñez y Navarro erigió en la misma calle contra las protestas de sus vecinos y pese a la paralización de licencias hoteleras del gobierno de Colau, Cíclic ha conseguido en sus más de 14 años de andadura ser un lugar donde todavía se puede encontrar a pandillas de chicos, ancianos y familias visitando sus estantes en busca de películas que difícilmente estarán en Netflix o HBO. Como David nunca se cansará de repetir, en Cíclic, o la nueva Sala Cíclic, palabras como “exclusivo” o “excluyente” no tienen cabida.

“El tema de la gentrificación es curioso, porque se ha popularizado cuando ha empezado a afectar a la clase media, que es el objetivo preferente de los que quieren enriquecerse a causa de la fractura social”, cuenta. Ahora, en la calle de Rec Comtal, y por extensión en el distrito de Ciutat Vella, se vive un clima de violencia contenida por culpa de los ultra lujos y el clasismo que, poco a poco, están devastando el barrio”, afirma.

Interiores del videoclub Cíclic. Malavita. Foto: Andrea Huls.

Foto: Andrea Huls.

 

El Ayuntamiento de Barcelona, sensible, dice, a la problemática de los barrios, les ha brindado su ayuda para convertir Sala Cíclica en un proyecto social sostenible. Pero, además, los cuatros socios de la cooperativa, a los que se unirá más de un centenar de colaboradores, cuentan con el apoyo de instituciones como el Hospital Vall d’Hebron, el Observatorio Fabra o el Parque Biomédico de Barcelona.

Sala Cíclica es un proyecto social inspirado en espacios como la gallego Numax, que David Cabrera y el resto de socios espera que cubra algunas de las necesidades más importantes del barrio: integración, inclusión, una oferta sociocultural de calidad y un lugar donde los vecinos puedan socializar “y no tengamos que pagar cuatro euros por una caña”.