En los años ochenta, este trabajador del cementerio de Montjuïc creó una de las bibliotecas funerarias más grandes de Europa.

 

Adrià y Manel pertenecen a ese tipo de familias en las que el nieto sigue los pasos del abuelo —y ya quedan pocas, antiguamente era la convención—. Lo menos ortodoxo en esta pareja no es su apellido, “Hernández”, sino su oficio: Adrià trabaja en el departamento de comunicación del Cementerio de Montjuïc, su abuelo Manel es el fundador de la segunda mayor biblioteca funeraria de Europa. Con ellos me entrevisté para conocer la vida de dos generaciones rodeadas de carrozas fúnebres, libros sobre ritos de enterramientos e incluso momias.

El autobús me deja, solo, a las puertas de la sala de exposiciones del cementerio de Montjuïc a las diez de la mañana. Cuando entro me encuentro con una instalación enorme. A mano derecha está la mesa donde se sienta Adrià, encargado de la exposición y la biblioteca. Él me guía por la exposición de carrozas funerarias, explicándome la historia de cada una, sus funciones, el porqué de su color, los ropajes que vestían los carroceros. Luego subimos arriba, donde nos espera la segunda mayor biblioteca de Europa sobre la muerte y dos coches funerarios. Mientras esperamos al director del Cementerio de Montjuïc, me paseo por los estantes. Libros sobre el Antiguo Egipto, registros de decesos, libros sobre duelo o suicidios… “Tenemos un fondo bibliográfico de 3600 títulos aproximadamente”, me comenta el director. Me intriga saber de dónde surge la idea de hacer una biblioteca sobre la muerte, uno de los grandes tabús de nuestra sociedad, en un cementerio (insólito lugar). “La idea surgió en los ochenta de mano de Manel Hernández Millán- abuelo de Adrià y trabajador en la empresa-. Siempre se ha encargado él de su gestión. Al principio se encontraba en Sancho de Ávila, pero se decidió trasladar la biblioteca aquí y ponerla a disposición del público para su consulta”.

 

15nov2013_3059

Manel Hernández, fundador de la biblioteca funeraria del Cementerio de Montjuïc

El cementerio de Montjuïc tiene una gran riqueza arquitectónica, cultural, artística e histórica, y la biblioteca pretende dar aún más riqueza a la oferta cultural de los cementerios de Barcelona. No obstante, me comenta el director, “en nuestra cultura mediterránea acercar los cementerios a los ciudadanos es un problema añadido debido al tabú que es la muerte”. Me explica cómo en otros países los cementerios forman parte de la cotidianidad social de sus ciudadanos, cómo celebran picnics, bodas o simplemente son visitados como una opción más dentro del abanico de oferta cultural del lugar.

Cuando me hablan de los libros más valiosos (tres tomos de la tumba del rey Abidos) y de los libros más consultados (los más curiosos se decantan por el libro sobre suicidios; los que buscan documentación, morbo aparte, suelen optar por los libros sobre el Egipto Antiguo y arqueología), me hablan de libros de fotografías. No puedo evitar pensar en la fotografía post mortem. “No, no tenemos libros de fotografías post mortem. Piensa que en España no fue una costumbre arraigada”.

“Siempre he dicho que las neveras sirven para conservar carne y los ataúdes para conservar personas”.

Al acabar la entrevista con el director, pienso en Manel y lo interesante que resultaría escuchar de primera mano su historia, cómo alguien anónimo consigue llevar a cabo con éxito una empresa tan importante y lo justo que sería que su nombre no quedara en el anonimato. Lo comento con Adrià, dado que es su nieto, y concertamos una segunda entrevista.

 

15nov2013_3062

Manel Hernández y su nieto Adrià en la exposición de carrozas fúnebres

Cuando llego de nuevo a la sala, esta vez acompañado de Coin, fotógrafo de la revista, en vez de a Adrià me encuentro con un hombre que me sonríe y me pregunta si hemos venido a hablar con él. No puedo evitar que me recuerde a Sean Connery en Indiana Jones: americana beige, pantalón de pinza, jersey y camisa, pelo cano, bigote y gafas. En realidad no se parecen físicamente, pero ambos tienen ese aire de haber vivido algo extraordinario.

Enseguida viene Adrià y empezamos a conversar en medio del jardín de carrozas fúnebres. “Yo no empecé como ebanista, sino como peón. Tuve que esperar unos meses para ir escalando”. Entre risas, me comenta que él venía de fabricar neveras y que el tránsito entre ese oficio y el de hacer ataúdes no le pareció raro: “Siempre he dicho que las neveras sirven para conservar carne y los ataúdes para conservar personas”. Entre bromas y chanzas me explica cómo fue su vida laboral.

“En los setenta, pagado por la empresa, cursé mis estudios universitarios en Historia y empecé a trabajar de voluntario en excavaciones y a hacer contactos con gente del mundillo. Al principio me interesé por la cerámica, pero luego estudié enterramientos y me interesaron, así que empecé a recopilar libros sobre ellos en las diferentes civilizaciones del Mediterráneo”. Me puntualiza, no obstante, que el tema funerario es muy amplio y que a él sólo le interesa la descripción del enterramiento y su situación: “Yo no soy filósofo, no quiero meterme en metafísica. Sé que hay libros sobre duelo en niños pero, ¿qué vas a explicarle a un niño? La filosofía no me interesa, porque para mí no hay esencia: llegas y te vas”. Cuando le comento que pese a sus 86 años tiene una mentalidad moderna, se encoge de hombros y me dice que ésa es su forma de pensar. Tremendamente vitalista, evita pensar en la muerte y más en todo lo que ha hecho en todos estos años: “Lo último que me esperaba era que me propusieran hacer una biblioteca”.

 ¿Lo que más le interesa son los enterramientos?, le pregunto. “Sí, porque de esta manera intento ver dónde acabamos los seres vivos cuando morimos.”

Me cuenta cómo el jefe de contabilidad le propuso la idea, que aceptó inmediatamente. Por las mañanas trabajaba y por las tardes visitaba librerías en busca de ejemplares que añadir a su fondo bibliográfico. Sobre el tesoro bibliográfico recopilado le pregunto, me interesa saber cuál es la obra que más valor tiene para él. Coincide con el director del cementerio: los tres libros de la tumba de Abidos. Un conocido suyo le llamó ofreciéndole esos tres volúmenes de gran formato, habló con sus jefes de ellos y quisieron saber el precio. Cuando lo supieron, le preguntaron su opinión: “Les dije que sabía que eran caros, pero que si yo tuviera el dinero me los quedaría. A mí me daba hasta miedo decirles el precio, pero me dijeron que si creía eso me hiciera con ellos. Como no quería pillarme los dedos, le dije al hombre que si conseguía que la librería de enfrente le hiciese una factura, me los quedaba. Y así fue”. Y ha ido recopilando libros para la biblioteca hasta hace uno o dos años.

Al jubilarse en el 86 (“Y me costó, porque nadie quería que me jubilara”) empezó a ir a Egipto a trabajar en excavaciones. “Eran misiones de un mes, pero a veces nos quedábamos un mes más como visitantes, buscando más lugares donde trabajar”. Cuando habla de sus viajes a Egipto, se le iluminan los ojos. “La egiptología me ha dado vida. He trabajado sobre el dibujo, la escritura -aunque no sé leerla-. Dibujar sobre sarcófagos, el ambiente de trabajo… Lo único malo era que siempre comíamos lo mismo”. Recuerda esa época con alegría, de cómo su generación situó Barcelona en el mundo de la arqueología y los dos libros que publicó sobre lo que había recopilado. “Una vez estaba en una tumba dibujando cuando, de pronto, me cayó algo a la cabeza. Cuando miré qué era, vi que se trataba de un trozo de pie de una momia envuelta en vendas. Me lo llevé”. Su nieto nos dice, entre risas, que su casa es otro pequeño museo. En un ambiente desenfadado y jovial, Manel nos enseña las fotos de las reproducciones talladas por él, que hasta hace poco han sido exhibidas en el Museo Egipcio.