El escenario de Escape 11 son las calles de Barcelona y sus herramientas de trabajo, candados, esposas y cadenas. Así fue la noche que pasamos con la Mujer Houdini

 

Dice Juan Camós, aka Juan Nicho, que todo en la vida ocurre dos veces, lo llama ‘la teoría de la doblez’. Vi a Alexa en dos ocasiones –miento, en realidad fueron tres, pero es segunda la que cuenta-. En nuestro primer encuentro me dijo que era escapista y actuaba en la calle, y como siempre he tenido una gran necesidad de liberarme, enseguida me llamó la atención. Entre botellines de cerveza, Juan, una de esas personas ‘nudo’ que tiene la habilidad de que las cosas sucedan a su alrededor, organizó un espectáculo para la siguiente semana. Por supuesto, acepté la invitación.

Cuando alguien te abre las puertas de su hogar te invita casi siempre a que eches un vistazo al interior de su cabeza. A mí me daba cierto respeto lo que pudiera encontrar en la de Juan, que en si mismo es un laberinto como su casa, entre lugar borgiano y okupa, con diminutas ventanas, largos corredores en penumbra y una piel de jaguar con un agujero de bala en la cabeza colgada del marco de la puerta que da acceso al comedor. Y libros arracimados por todas partes, en los estantes, en las mesas, que nuestro anfitrión había codificado a su manera. “Los que están de pie ya los he leído, los tumbados los tengo pendientes”, explica, mientras nos enseña la espectacular biblioteca, la cocina, el cuarto de la maga…, donde la escapista se prepara para el número.

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Alexa, aka ‘Escape 11’, es histriónica, tiene una inteligencia sexy y macabra, y ese tipo de belleza salvaje y ‘punk’ de las mujeres que sólo se dejan domar si quieren, cuando quieren y con quien quieren. Hace menos de un año descubrió al gran Harry Houdini por casualidad y de repente sus vidas corrieron en paralelo. “Le regalé un cuadro de magia a un amigo. Entonces no sabía quién era Houdini, pero una noche el cuadro me vino a la cabeza, lo busqué por Internet y mientras leía sobre la vida de Houdini sentí una euforia creciente. No podía dormir, vi dos documentales seguidos y en los días siguientes solo pensaba en candados y en lo que yo podía hacer con ellos, cómo me escaparía su fuese él… Luego conocí a un mago que también hacía escapismo y me enseñó muchos trucos, pero casi todo lo he aprendido yo sola”, me cuenta.

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Antes de ser escapista, Harry Houdini trabajó como cerrajero. Dicen que al inicio de su carrera como mago, cuando se dedicaba todavía a los juegos de cartas y el ilusionismo, vio cómo algunos espiritistas se hacían atar mientras invocaban a los fantasmas para evitar ser acusados de fraude. Y el húngaro, que más tarde se dedicaría a desenmascarar a mediums, pensó que el arte de ‘escaparse’ era un número en sí mismo. Así empezó la leyenda del mejor escapista de todos los tiempos, conocido como el ‘Rey de las Esposas’, cuya habilidad para liberarse de cadenas, candados y situaciones complicadas no tuvo igual, a pesar de que muchos trataran de descubrir sus trucos.

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Un grupo de amigos mueve los muebles en el salón y la escapista marca los límites del escenario con una cuerda larga. “Lo hago igual en todas mis actuaciones”, nos dice. Luego se sienta en el interior y prueba a abrir y cerrar cada uno de los cinco candados. Lleva un sombrero de copa con una pluma rosa, el mismo que utiliza para recoger las monedas después de sus espectáculos de calle. “Cuando actúo no pienso en el dinero ni en mi reputación, lo que me importa es la gente. La magia es eso, hacer felices a los demás”, afirma.

Escape 11 siempre menciona al maestro de magos al inicio de sus shows en la calle. Dice algo como: “A Houdini llegaron a esperarle una vez cinco horas hasta que se escapó”, y luego empieza con un juego de cartas, que odia hacer porque las mates no son lo suyo. E imagino lo difícil que es conseguir la atención de un montón de transeúntes en una sociedad de prisas y móviles: “Es complicado, sí, pero si logras llamarles la atención se quedan hasta el final”, me cuenta.

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Asistir a un número de escapismo te provoca emociones encontradas: deseas que el mago triunfe y, secretamente, también que falle, pero sobre todo está esa sensación de peligro que hace que no puedas dejar de mirar. Los espectáculos de Houdini eran hipnóticos, el público contenía la respiración hasta que se desembarazaba de su camisa de fuerza o salía airoso de jaulas o de bidones llenos de agua en los que se sumergía maniatado y a veces, incluso, cabeza abajo. Algunos de sus números los realizaba a la vista de todos y otros detrás de una cortina, pero el riesgo estaba ahí, la posibilidad de que algo saliese mal y hubiera que rescatarlo o que pereciera en el intento, cosa que nunca ocurrió.

Le pregunto a Escape 11 si alguna vez no ha conseguido desatarse delante del público. “Claro”, contesta. “¿Y entonces qué haces?” “Les digo: ‘Vale, habéis ganado’”. Es extraño que alguien que lleve poco tiempo en la magia ya esté actuando con público, pero Alexa empezó muy pronto a participa en festivales y hacer shows en la calle. “Mi primer juego fue de mentalismo, hice unos cuantos pases pero mis ganas de escaparme fueron mayores”.

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La maga sale al improvisado escenario. Juan Nicho la observa escondido detrás de la piel de jaguar, “sufriendo como siempre”, bromea ella. Hay un silencio pesado al que se suman las extrañas energías que se mueven (o percibo) en esa vivienda-laberinto de libros. Y entonces empieza con sus juegos de manos y el ambiente se distiende. El dos de picas se resiste. “¿Es esa tu carta?”, le pregunta a una voluntaria. Niega con la cabeza y todos nos echamos a reír. Vuelve a barajar y, de nuevo: “¿Y ésta?”. No, tampoco. “Mi baraja es un poco puñetera, las cartas desaparecen y aparecen en otras partes”, dice, y al momento saca el naipe perdido de detrás de una estantería. Aplaudimos boquiabiertos y ahora sí, llega el momento del escape. Suena la canción ‘Losing my mind’ de Dácil, la cantante que ha venido con su equipo de grabación porque quiere que la escapista protagonice su videoclip. Sandra, del Frente Sónico Futurista y yo nos ofrecemos como voluntarias para atar a Escape 11.

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Dos cadenas muy pesadas y cinco candados difíciles de cerrar e imposibles, imaginé, de abrir. Damos vueltas en torno a ella mientras nos pide que apretemos, que la ahoguemos si es necesario. Le ponemos las esposas y cuando parece que la situación ya es lo suficientemente complicada, entonces la maga da el golpe de gracia y le pide a Juan, en calidad de ayudante, que la descalce y acerque un saco lleno de cristales. “No lo he hecho nunca, pero tenía ganas de probarlo”, dice. Y cuando pisa con los pies desnudos los cristales miro a Natalia, que está a punto de desmayarse.

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El Alquimista –otro ‘nudo’- es el encargado de cronometrar la actuación. El público decide el tiempo en que la escapista debe liberarse. No diré cuánto, es la pequeña censura de esta historia, pero debe ser más o menos lo que se tarda en decir ‘Checoslovaquia’ cien veces. Se oculta bajo una manta, el bulto negro apenas se mueve. De vez en cuando pide al Alquimista que le diga cuánto queda. ¿Lo conseguirá? ¿Fallará? Fijo la vista en sus pies desnudos sobre los cristales y luego en Juan, tras la piel de jaguar, tan preocupado, tan expectante como nosotros. Y al fin, la escapista se libera.

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En el cuarto de la maga, tras la actuación, me enseña cuadros y libros del ‘Rey de las Esposas’. “El truco de Houdini que más me gusta es La Cámara de Tortura China –me cuenta-. Es un escape acuático. Él estaba atado y boca abajo dentro de una cabina llena de agua y había dos ayudante con hachas por si no lo conseguía y tenían que romper el cristal. Hace poco quería ir con Juan a hacer un escape en el mar, pero me dijo que primero tenía que entrenar en la bañera”.

El maestro del escapismo solía practicar hasta el límite. Sus biografías explican que se sumergía cada día en una bañera llena de bloques de hielo y llegó a permanecer bajo el agua helada hasta tres minutos sin respirar. Tenía una resistencia sobrehumana que con el tiempo la maga espera emular. “Quiero prepararme para poder escapar colgada del techo, atada y también boca abajo, como hacía Houdini”, dice.

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Muchos han intentado psicoanalizar a Harry Houdini. Se ha escrito que estaba obsesionado con la muerte, que cuando era niño casi se ahogó en un río y por eso muchos de sus retos consistían en una inmersión en agua de la que siempre salía con vida, burlando en acto simbólico a la muerte una y otra vez. Pero, además, tenía otra misteriosa fijación que se ha sumado a su leyenda… Desenmascarar las patrañas de quienes decían poder contactar con los muertos.

Solía acudir a las sesiones de espiritismo disfrazado para destapar los fraudes utilizando su bagaje como ilusionista. “Era muy amigo de Conan Doyle, que creía en las ciencias ocultas y su mujer era médium. Un día le invitaron a participar en una sesión y ella contactó supuestamente con el espíritu de la madre de Houdini y transcribió el mensaje que le había transmitido para su hijo, pero Houdini se indignó porque estaba escrito en inglés, un idioma que su madre no hablaba”, me explica Juan, tendiéndome un libro que publicó La Felguera sobre la relación de ambos.

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Juan y Alexa tienen al menos dos o tres ouijas en la casa y ella me enseña una de madera tallada a mano e inspirada en Harry Houdini. El tocón que se utiliza para señalar las letras y recibir los mensajes del Más Allá es un candado. “Como Houdi era tan incrédulo, la mujer de Doyle llegó a un pacto con él: El primero que falleciera contactaría con el otro, pero nunca se supo si ocurrió realmente. Muchos fans del mago tratan de comunicarse con él cada 31 de octubre, que fue el día de su muerte. Y nosotros vamos a hacerlo también”, resume Juan. Alzo una ceja y esbozo mi mejor sonrisa. “¿En serio? Pues yo también quiero asistir”. Ese sí sería el mejor truco del más grande escapista de todos los tiempos.