El fotógrafo Danny Fernandez viajó a la India en 2014 en busca de los legendarios luchadores Kushti.

 

 

La historia, detrás de las fotos 

En sus propias palabras, Danny nos habla de su experiencia.

“En algún momento en el año 2013 caí en cuenta que no había tenido una aventura en varios años. Aburrido de mi trabajo y necesitado de un cambio, empecé a buscar trabajos de voluntariado en la India. Un año después, me monté en un avión a Delhi con la esperanza de encontrar aventuras, vivir nuevas experiencias y hacer buenas fotos. Por suerte para mí, todos estos sueños, se hicieron realidad.

Durante mis seis primeras semanas en la India estuve trabajando como voluntario en un pequeño pueblo llamado Nagwa, en las afueras de la intensa ciudad de Varanasi. Mi trabajo consistía en enseñar a los jóvenes de esta zona como utilizar una cámara.  Los estudiantes, que pertenecen a una organización que se llama Fairmail, además de aprender a usar la cámara, hicieron fotos que son ahora postales y tarjetas que se venden en distintas partes del mundo. Cada estudiante recibe dinero por la venta de estas postales y con esto pueden pagar por sus estudios, salud y otros gastos.

Mientras daba clases, me hice muy amigo de mis estudiantes. Uno de ellos me comentó que su hermano formaba parte de Kushti, una antigua tradición de lucha hindú que hasta el día hoy esta muy presente en Varanasi. Mi estudiante me dijo que podía llevarme al templo donde entrenaban y posiblemente hacer fotos. Estaba muy emocionado con esta oportunidad ya que podría conocer un mundo muy ajeno al mío.

“El entrenamiento comenzaba con los luchadores que entraban en el anillo de pelea para rezar. Como muchos otros momentos que pasé en Varanasi, sentí paz.”

Llegamos al templo muy temprano, un poco antes de las siete de la mañana. Al llegar, los luchadores me miraban de manera sospechosa. En realidad, los extranjeros tienen prohibido entrar en la zona de entrenamiento, especialmente aquellos que tienen consigo una cámara. Mi estudiante hablo con los luchadores, mientras los demás estudiantes y yo esperábamos a distancia. Me encontraba muy nervioso y me sentí fuera de sitio, especialmente porque llevaba conmigo un equipo de luz portátil. Tenia temor de que fueran a pensar que queríamos hacer las fotos por motivos comerciales. Después de unos minutos, uno de los luchadores se acercó y mi estudiante nos introdujo. Finalmente, nos dijeron que podíamos hacer las fotos. Me sentí increíblemente aliviado y como un fotógrafo de National Geographic en su primer día de trabajo: dudoso e intimidado. ¿Estaba listo para este reto?  ¿Y si lo hacía mal?

El área de entrenamiento era básica, pero muy serena. Las pesas y demás equipo eran hechos de manera tradicional y artesanal. Por ejemplo, tenían un are de 50 kilogramos que se colocaban en el cuello o también unos bates de madera que se lanzan sobre la cabeza.

El entrenamiento comenzaba con los luchadores que entraban en el anillo de pelea para rezar. No entendí las palabras, pero hay sentimientos que trascienden la barrera del idioma. Como muchos otros momentos que pasé en Varanasi, al estar ahí, sentí paz. Estos momentos me tomaban por sorpresa ya que Varanasi es uno de los lugares mas caóticos en los que he estado. Fue novedoso ver que la religión y la tradición tienen raíces muy profundas en un lugar el cual se idealiza el occidente.

“Una pelea me hace sentir incómodo, pero cuando presencié la lucha de los Kushti, pude apreciar la técnica y el arte.”

Trabajé pausadamente, tomando un enfoque documentalista. Preferí que los luchadores se acostumbraran a mi presencia. Me mantuve a cierta distancia y comencé a documentar su día a día. Después de un tiempo, cuando dejé la cámara de lado para entrenar junto a ellos, se abrieron conmigo y permitieron que me acercara para fotografiarlos.

A pesar de sentirme intimidado, los luchadores eran muy amigables. Una vez que se acostumbraron a la cámara, empezaron a mostrarme sus actividades más audaces. Varias veces tuve distintos luchadores que me pedían que les hiciera fotos cuando levantaban pesas y hacían ejercicios pesados o difíciles. Se notaba el orgullo que sentían al continuar con esta tradición.

Dos aspectos me ayudaron mucho en esta situación. El primero, es que era un voluntario trabajando con jóvenes, por lo tanto sabían que mis intenciones eran sinceras. Por otra parte, me dejé crecer un bigote, al estilo hindú, lo cual les causaba mucha gracia.

El momento mas memorable para mí fue cuando comenzaron las luchas. Por lo general, una pelea me hace sentir incómodo, pero cuando presencié la lucha de los Kushti, pude apreciar la técnica y el arte. Tal vez, era la belleza que me rodeaba o la paz interior que irradiaba de los Kushti, pero no sentí ningún tipo de agresividad entre ellos. Parecían hermanos.

Hacia el final del entrenamiento, cuando hice fotos grupales, ellos insistieron que me hiciera una foto con ellos. También insistieron en que me quitara mi camiseta para que nos viéramos todos iguales. Me dio la impresión de que me aceptaron. Yo soy alguien quien ha crecido en un medio muy diferente y que he tenido una vida muy privilegiada en comparación a ellos. Pero en ese instante, todos sin camiseta, sin zapatos y despojados de nuestra identidad normal, éramos iguales.

Tuve la fortuna de compartir dos mañanas con los Kushti, y me siento muy afortunado de haber podido ver desde cerca este arte en acción. Al irme de Varanasi, desafortunadamente no tuve tiempo de despedirme de los luchadores. Sin embargo, le entregué unas fotos a mi estudiante para que se las diese. Aparentemente, les encantaron.”

Puedes seguir a Danny en su página oficial, en flickr y en instagram.