Siempre he sido víctima de la desagradable sensación de no disponer de tiempo material para todo lo que me gustaría hacer…

 

Y aunque no querría caer en lo que critica De La Bruyere (“los que emplean mal su tiempo son los primeros en quejarse de su brevedad”), estoy seguro de que moriré con una lista pendiente de experiencias por vivir. Pero no todo está perdido. Gracias a la lectura del maravilloso ensayo Stiff, de Mary Roach, editado en la Biblioteca Maledicta como Fiambres, he averiguado que mi cadáver puede vivir emocionantes experiencias post mortem que están más allá de mi alcance.

Por ejemplo, mi cuerpo sin vida podría ser arrojado a gran velocidad contra un muro para ser usado de crash test dummy en las pruebas de calidad y seguridad de las grandes compañías automovilísticas, una de las imágenes más potentes descritas en el libro y un momentazo que haría morirse de envidia a los protagonistas del Crash de Cronemberg. También podría hacerme una operación de estética… o, al menos, mi cabeza podría. Roach abre Fiambres con una escena dantesca: veinte cabezas humanas cercenadas, dispuestas en fila sobre bandejas metálicas. Frente a cada una se sienta un cirujano dispuesto a practicar rinoplastias y estiramientos faciales; un entrenamiento necesario, aunque no lo primero que se le pasa a uno por la cabeza cuando dona su cuerpo a la ciencia. Entrevistando a la estudiante de Medicina cuyo trabajo consiste en serrar y arrancar esas cabezas, la autora presenta elegantemente el tema central del libro: ¿qué puede/debe hacerse con un cadáver y qué reacciones producen esas acciones en los vivos? ¿Son merecedores los cuerpos muertos de un tratamiento y respeto especial o, al carecer de la chispa de la vida, son equiparables a un mueble?fiambres

La mejor respuesta está en el tono que adopta Roach durante todo el ensayo: respetuoso sin solemnidad impostada, desenfadado sin resultar irrespetuoso, gracioso y no burlón. Algunos fragmentos resultan extrañamente divertidos: durante la lectura prorrumpí alguna vez en imprevistas carcajadas (quien me viera en ese momento y se fijara en la portada del libro se preguntaría sobre mi cordura). Otros capítulos son francamente repulsivos, como el que trata en detalle los procesos de putrefacción humana observándolos en directo en una granja de cuerpos, es decir, una morgue al aire libre donde se realizan estudios científicos. No se me atragantaba tanto un párrafo desde los cuentos salvajes de Fantasmas, de Chuck Palahniuk, pero con una diferencia básica: lo que en el autor de El club de la lucha es cinismo descarnado y cruel, en Roach es ironía amable, cercana. Me gusta mucho, por ejemplo, la frase que selecciona de su entrevista al profesor universitario Hugh Patterson sobre su decisión de donar su cuerpo a la ciencia: “siempre me ha gustado dar clases de anatomía y, mira por dónde, podré seguir haciéndolo después de muerto. No deja de ser una prolongación de mi carrera”.

No voy a enumerar aquí todas las formas de utilizar un cadáver que se mencionan en Fiambres: perdí la cuenta tras el canibalismo medicinal chino, las simulaciones de la crucifixión de Jesucristo y los experimentos sobre cuántos segundos sobrevive una cabeza guillotinada. Es inevitable, eso sí, preguntarse por la extraña omisión de la necrofilia, que daría al menos para un par de historias macabras (nota mental: enviarle a Roach el cuento El retorno, de mi amado Roberto Bolaño, en el que un fantasma le afea su conducta a un modista necrófilo francés). En cualquier caso, creo que dejaré instrucciones para que mi cadáver sea convertido en compost sobre el que se pueda plantar un árbol, como está haciendo ya una funeraria sueca… O más bien optaré por la solución de Hunter S. Thompson, que pidió que sus cenizas fueran disparadas de un cañón accionado por su amigo Johnny Depp, en el punto álgido de un fiestón multitudinario. Siempre he querido despedirme con un estallido.