Dice Felipe Lechedevirgen Trimegisto que a menudo las enfermedades se nos presentan como esfinges, nos plantean acertijos y pruebas. El performer mexicano transitó durante 10 años una Insuficiencia Renal Crónica que casi lo condujo a las puertas de la muerte y durante ese tiempo convirtió la enfermedad en el gran tema de su obra, borrando los límites entre el arte y la vida. Sus textos y performances nos sacuden, nos habla de la gran paradoja que es el vivir mientras morimos, del arte que nos acerca a la magia de la vida, que nos ayuda a ver; de lo biológico (somos cuerpo) y lo invisible e inmaterial (montones de conexiones llevando energía infinita).  

Sus espectáculos remueven la tierra, la arañan y cavan profundo en el folklore de México, como en ‘Los Campos de dolor’ y la fascinante historia del ‘Niño Fidencio’, un curandero que sanaba a los enfermos  asustándoles con la persecución de una puma llamada Concha o sumergiéndolos en ácido sulfuroso. También los insectos simbolizan para el artista el dilema de la vida misma :”Aproximadamente 700 vidas de moscas equivalen a mi vida en este momento”, cuenta. 

Con Felipe Osornio Lechedevirgen charlamos sobre arte, enfermedad, sanación y el sentido de vida y muerte. Y todavía nos dura el latigazo de la pregunta que nos trasladó: “¿Qué vas a hacer aquí en este maravilloso y cruel mundo mientras tengas la oportunidad de hacerlo?”.  

 

¿Cómo y cuándo decidiste que ibas a trabajar a través del performance la Insuficiencia Renal Crónica que padeciste durante 10 años? ¿Fue una forma de resistencia, de confrontar la propia enfermedad, de afirmar la vida…?

La Insuficiencia Renal Crónica es una condición degenerativa e incurable en la que el funcionamiento de los riñones va disminuyendo paulatinamente, de manera que el tratamiento busca mantener al paciente estable el mayor tiempo que sea posible y debido al progreso inevitable de la enfermedad, eventualmente, las persona con IRC (Insuficiencia Renal Crónica) optan por terapias sustitutivas como la diálisis peritoneal o hemodiálisis; o bien por la opción de una cirugía de trasplante. Yo viví todos estos escenarios. Por lo tanto, mi proceso creativo fue mutando en la medida que la enfermedad avanzaba sobre mi cuerpo y se tornó en la temática central de mi propuesta artística cuando la IRC se recrudeció. Comencé a abordar la temática del cuerpo enfermo de manera directa en mis performances en el momento en el que entendí que me encontraba en lo que la ciencia clínica denomina etapa terminal.

Efectivamente, fue una forma de resistir y confrontar los peores dolores, la peor angustia, el peor miedo, la peor desesperación y también fue una manera de entender mi propia fragilidad y la de todo lo que nos rodea, la finitud de las cosas. Fue una manera de querer escapar de mi propio cuerpo, pero también aprender a amarlo. Fue aceptar que puedo morir y fue también entender qué es estar vivo.

‘El Árbol de Sangre III’. ,Herani Enríquez Amaya “HacHe”.

 

¿Crees que el arte es la mejor herramienta para narrar la enfermedad y el cuerpo el mejor lienzo? ¿Y una forma de sanación o chamanismo?

Sin duda, el arte es una de las mejores herramientas para sobrellevar y comunicarse con la enfermedad. Aunque sé que no es la única vía, para mí no existe otra alternativa. En cierta forma, se puede decir que he logrado diseñar mis propias “estrategias terapéuticas” a través del arte, pero no se trata de un espacio de relajación y enajenamiento en el que te olvidas por un momento de tu realidad, sino de un proceso intenso, arriesgado, difícil y muchas veces doloroso, pero al mismo tiempo revelador y catártico. Mucho más similar a los efectos causados por una purga que a los del analgésico.

Tengo 26 años de los cuales 10 estuve enfermo y también 10 de los cuales estuve realizando arte de performance, principalmente. En un determinado momento me pareció lógico hablar de esto en el terreno del performance y el arte del cuerpo al ser justamente mi propio cuerpo el espacio en el que ocurrían todos estos cambios fisiológicos, farmacológicos y quirúrgicos, pero también emocionales, inmateriales, invisibles.

 

Hablar de la vida es hablar de la muerte. La paradoja consiste en que no es lo mismo estar vivo que estar viviendo, como no es lo mismo estar muriendo que estar muerto.

Si para un escultor la arcilla es la materia prima, mi materia prima es mi propia vida. Se trata de esculpir con relaciones humanas, de repensar el hecho de estar vivos y lo que eso implica y significa. En el arte me he enfrentado, por voluntad propia, a los peores escenarios que he podido imaginar en relación con la enfermedad y la muerte, y de alguna manera me ha dado más fuerza de la que creí que sería capaz de tener para enfrentarme a situaciones límite o traumáticas.

El arte puede sanar, pero no de la forma en que sana la medicina. Se trata de una sanación en un plano inmaterial que es igual de importante que la sanación en el plano material y de hecho van de la mano, una no es posible sin la otra. Al igual que el chamanismo, el arte trabaja con lo invisible y sus mecanismos operan de manera semejante. Antes creía que el arte y la magia eran la misma cosa, pero la diferencia radica en que la magia a la que te acerca el arte es la magia de la vida misma. Contrario a lo que se pensaría, la alquimia ocurre frente a nuestros ojos todo el tiempo, pero no lo vemos, no estamos conscientes de ello. El arte te ayuda a ver.

Foto de Manuel Vason.

 

Al final te enfrentaste a la mayor paradoja de todas, la que confronta la muerte con la vida literalmente. ¿Cómo fue este proceso y qué conclusiones extrajiste de él?

Son paradojas tras paradojas. Mi cuerpo desarrolló IRC a partir de una enfermedad autoinmune sin etiología clara que va petrificando el tejido renal con el paso del tiempo. Los fármacos inmunosupresores que tomaba para controlar la enfermedad me generaban otros problemas de salud como herpes zoster, calambres, hinchazón, etc. La hemodiálisis te salva la vida al retirar de tu sangre toxinas que están presentes en todo lo que consumes; sin embargo, también genera efectos secundarios graves como hacer crecer el corazón, desestabilizar tu presión sanguínea y crear alteraciones neuronales, sin mencionar que vives conectado a una máquina, lo cual cambia drásticamente tu calidad de vida. El trasplante significa volver a nacer y al mismo tiempo significa dejar morir a tu antiguo yo, pues debes aprender a vivir como un órgano trasplantado; tu dieta, tu estilo de vida, todo cambia, pero ahora por voluntad propia. En un trasplante, cuando es de donante vivo, tienes la gran oportunidad de recuperar tu vida, mientras el donante arriesga la suya en una cirugía. Paradojas.

Hablar de la vida es hablar de la muerte. La paradoja consiste en que no es lo mismo estar vivo que estar viviendo, como no es lo mismo estar muriendo que estar muerto. La diferencia radica en la conciencia. Solemos olvidar esto con facilidad. Estar vivo no es sinónimo de estar consciente de lo que te rodea y, más aún, de lo que ocurre dentro tuyo. En todo momento, a través de cada filamento microscópico de cada ser está palpitando la vida. De la misma forma, imaginamos la muerte como algo lejano, pero realmente la muerte está ocurriendo aquí y ahora en cada uno de nosotros. Estamos muriendo, instante tras instante nuestras células envejecen, nuestro cuerpo muere, el tiempo nos parece que pasa muy lento y, por lo tanto, este proceso es casi imperceptible. En este preciso momento yo estoy muriendo, tu estás muriendo, cada persona que está leyendo esta entrevista está muriendo. El tiempo no va a regresar y ,segundo a segundo, paradójicamente, vivimos mientras morimos. Como una hoguera que arde mientras se consume.

No parece existir una forma de resolver está ecuación. De hecho, pienso que no debe resolverse, por eso es una paradoja. Lo único que queda es preguntarse que es lo que vas a hacer aquí en este maravilloso y cruel mundo mientras tengas la oportunidad de hacerlo y cuanto valoras tu organismo que es el responsable de mantenerte aquí con vida. No hay que verlo desde el fatalismo, pero tampoco desde el relativismo. Pienso que si tuviéramos esto más en mente el mundo sería otro lugar, uno mucho más sano y menos violento que el que tenemos ahora.

‘Anatomía de lo Terminal’. Foto de Herani Enríquez Amaya “HacHe”.

 

En un texto bellísimo, ‘La tierra removida’, escribes: “Necesitamos del hambre para recordar que somos estómago”. ¿La enfermedad puede ser vista y vivida como un viaje y proceso de aprendizaje o iluminación?

A veces la enfermedad se presenta como una esfinge, una especie de ente que custodia un conocimiento valioso y te presenta un acertijo, una pregunta o una prueba. Mayor la prueba, mayor el conocimiento; pero depende de cada uno el resolver su esfinge, aun sabiendo que vencerla no garantiza sobrevivir a la enfermedad.

Lamentablemente, nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Solo cuando nuestro cuerpo duele es cuando nos preocupamos por él. Pero somos organismos complejos, estamos compuestos por carne y luz. La medicina occidental se encarga de lo material, de lo químico, de lo biológico; pero nuestros órganos, células y tejidos responden también a lo inmaterial, a lo emocional, a lo espiritual. El calor que emanan las palmas de nuestras manos no es únicamente temperatura.

Cuando ambos planos se encuentran en armonía quizá la sanación es posible. Lo que le ocurre en uno de ellos ocurre en el otro, se retroalimentan y tienen efectos reales sobre nosotros, sobre nuestra vida, pero también sobre las vidas de los demás y sobre todo lo vivo. Somos un montón de conexiones llevando energía infinita. La iluminación no es otra cosa más que conciencia.

En tus obras también hay una perspectiva ‘queer’ y una estrecha relación con el postporno. ¿Qué vínculo hay entre la cultura ‘queer’ y las masculinidades no hegemónicas y la reflexión en torno al cuerpo sano/enfermo? Pienso, por ejemplo, en la serie ‘Inferno Varieté’.

‘Inferno Varieté’ corresponde a un momento anterior en mi propuesta artística, en el cual estaba mucho más enfocado a la disidencia sexual, la teoría de género y los activismos queer.
Aunque no hay una conexión directa entre Inferno y el tema de la enfermedad, creo que sí existen una serie de vínculos entre la noción social y cultural de salud y la patologización de ciertas identidades que podrían denominarse queer por no ser normativas. Sobra decir que existe la serofobia y el capacitismo, en las que se tiene muy bien identificadas las violencias que se ejercen sobre personas seropositivas y con “discapacidad” por parte de los movimientos LGBTTTI y los activismos queer, pero más allá de eso pienso en la relación que establecemos como sociedad con el concepto de enfermedad, como lo entendemos y asimilamos.

El problema con los activismos queer es que en su afán por aniquilar el heteropatriarcado terminan por justificar prácticas que envenenan sus propios cuerpos. Tienden a hacer duras críticas sobre los sistemas de salud y las instituciones entendiéndolas como el enemigo y al mismo tiempo tienden a querer dinamitar todo tipo de normas impuestas por ese supuesto patriarcado: los estándares de belleza, los sistemas biopolíticos, lo farmacopornográfico, etc. Esto ocasiona que, al contrario de lo que piensan, su visión sobre el mundo es bastante reducida, ocupados en batallas que no siempre son prioritarias o si quiera relevantes, solo generan más enemigos que aliados. Esto fue lo que hizo que me alejara de lo queer y las cuestiones relacionadas a sexualidades y género, una profunda decepción.

“Me gusta pensar al artista como alguien con estas cualidades, capaz de sanar su entorno y capaz de hacerlo sin segundas intenciones” -Felipe Lechedevirgen Trimegisto

Existen una serie de mecanismos que nos hacen pensar que el enfermo es culpable de su propia enfermedad y depende de él salir adelante, tendemos a victimizar o heroificar al enfermo dejando de lado la responsabilidad del sector Salud y del Gobierno. Subestimamos las enfermedades ignorando las señales que nos da nuestro propio cuerpo y lo forzamos para que cumpla con las exigencias absurdas de un sistema capitalista de alto rendimiento.

Por otro lado, glamurizamos las enfermedades poniéndoles nombres de personajes famosos, a partir del hecho de que esa persona padece cierta enfermedad entonces debemos comenzar a ponerle atención a esa afección, de tal manera que el Lupus es de pronto “la enfermedad de Selena Gómez”. En pocas palabras: no sabemos como lidiar con la enfermedad y mucho de ello tiene que ver con una serie de mecanismos políticos institucionales y culturales que producen una distorsión de la realidad, generan mitos, prejuicios y desinformación.

‘Inferno Varieté’. Foto de Herani Enríquez Amaya “HacHe”.

Los insectos marcan algunos de tus performance. ¿Qué simbolizan dentro de tu obra?

Encuentro a los insectos como una gran fuente de inspiración. El mundo de los insectos está lleno de metáforas, como la mantis que le corta la cabeza a su pareja después de copular o la oruga que renace como mariposa al salir de la crisálida. Comencé a trabajar con insectos debido a que para mí simbolizan el dilema de la vida misma. La mayoría de ellos vive periodos muy cortos de tiempo. Son lo suficientemente pequeños como para que las personas crean que pueden matarlos, pero lo suficientemente grandes como para hacer visible que están incluso más vivos que nosotros mismos. Cualquier persona mataría una mosca sin pensarlo dos veces, eso me hace preguntarme  cuánto valoramos la vida realmente y por qué parece que ciertas vidas importan más que otras. Aproximadamente, 700 vidas de moscas equivalen a mi vida en este momento, ¿por qué pensamos que somos más importantes que esas moscas? Esas son las preguntas que cruzan por mi cabeza cuando trabajo con insectos, además de que al trabajar con ellos nunca dejan de sorprenderme.

‘Lo que viven las moscas’. Foto de Herani Enríquez Amaya “HacHe”.

Hay en tu trabajo mucho de la cultura y el folklore mexicano. Pienso, por ejemplo, en ‘Nuestro Señor del Veneno’ o en ‘Los Campos de Dolor’ y en la fascinante historia de El Niño Fidencio. ¿Nos podrías hablar de este trabajo?

‘Los Campos Del Dolor’ están inspirados en la vida de José de Jesús Constantino Síntora, conocido como “El Niño Fidencio”, un taumaturgo y curandero del norte de México conocido por su habilidad de curar prácticamente cualquier enfermedad con métodos muy poco convencionales, que iban desde subir a los enfermos a un columpio, abrirlos sin anestesia con un vidrios de botellas rotas, sumergirlos en una charca de aguas negras sulfurosas o asustarlos con la persecución de una puma chimuela llamada Concha. Soñé con El Niño hace aproximadamente tres años, lo vi extirpando de dentro de mi cabeza, a través de mi sien derecha, un tejido luminoso parecido al de una neurona. Desde ese momento, deje entrar al niño en mi vida y en mi obra.

En ‘Los Campos Del Dolor’ exploro la relación entre arte, enfermedad y sanación, el proyecto fue realizado a manera de homenaje y en agradecimiento a Fidencio por estar conmigo y ayudarme a sobrellevar todos los momentos difíciles de la enfermedad. Probablemente, lo que más me inspira sobre la historia de Fidencio es la capacidad de crear a partir de la nada métodos de sanación para sus enfermos y su voluntad por sanar y dar amor a sus enfermos de manera desinteresada, pues nunca cobró por sus servicios. Me gusta pensar al artista como alguien con estas cualidades, capaz de sanar su entorno y capaz de hacerlo sin segundas intenciones, aunque ahora entiendo que la artista sana de otra forma y sus herramientas son distintas.

El pasado año 2017 te hicieron un trasplante renal definitivo. ¿Pone punto y final a este viaje performativo al dejar de transitar esta enfermedad? ¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Tengo la enorme fortuna de poder estar aquí y ahora contestando esta entrevista gracias a ese trasplante, el más grande acto de amor que me dio a luz por segunda vez. En mi caso fue mi propia madre quién decidió ser mi donante. Es algo que se dice de forma simple pero no lo es de ninguna manera. Tengo la enorme fortuna, también, de poder decir que ya no padezco insuficiencia renal ni ninguna otra enfermedad renal. Este simple hecho me llena de la más grande alegría y siento toda la fuerza y ganas de vivir fluyendo a través de mi ahora a más de 10 meses desde mi cirugía de trasplante.

Mi vida no es la misma, mis ojos no son los mismos y mi trabajo artístico tampoco es el mismo. Sin embargo, la enfermedad continúa siendo uno de los temas centrales de mi trabajo debido a que ahí puedo abordar cuestiones que entiendo como trascendentales relacionadas con la experiencia de estar vivo y la muerte. De alguna forma, creo que mi trabajo actual seguirá por esta línea, pues aún tengo mucho que comunicar y compartir después de una experiencia de tal magnitud.

Pienso en borrar los límites entre el arte y la vida, llegar a la médula, materializar lo inmaterial, volver visible lo invisible. Creo que los artistas estamos aquí para recordarle al mundo que está muriendo, y que, por lo tanto, está vivo. Desconozco que me depare el futuro, pero hoy, aquí en el presente, me encuentro muy feliz y el trasplante es solo el comienzo.