Pertenezco a ese amplio grupo de laberintófilos marcados desde la niñez por películas como ‘El laberinto’ o la escalofriante escena de Jack Nicholson en ‘El Resplandor’ convertido en un enloquecido Minotauro que observa la maqueta de un laberíntico jardín. Su hotel, por otra parte, era en sí mismo un laberinto, o mejor dicho un ‘maze’, un recorrido tramposo, un rompecabezas donde quien se adentra debe elegir entre diferentes caminos que a menudo conducen a callejones sin salida, y está claro adónde le condujo a él. No obstante, los laberintos a los que nos vamos a referir son simples, tienen una entrada que llega a un centro y si los desovillásemos como si fueran el hilo de Ariadna con el que Teseo consiguió salir del laberinto del Minotauro formaría una línea recta. Porque aunque la vida a menudo sea un sendero que se bifurca eternamente como en el cuento de Borges y haya innumerables peligros que sortear y vías muertas, simplificándolo mucho, llegamos a ella por un único sitio y nos vamos poco más que como hemos venido.

Miles de personas en todo el mundo se reúnen cada 5 de mayo para recorrer laberintos en la celebración del Día Mundial del Laberinto, siguiendo la antigua tradición grabada sobre las baldosas de las iglesias y catedrales por gremios de constructores en la Edad Media y que sustituían el peregrinaje a Tierra Santa, por lo que en el centro o bien se situaba el Templo de Jerusalén o bien al propio arquitecto. De hecho, el ejemplo más icónico de todos es la Catedral de Chartres, en París, donde en su nave central hay un laberinto que podía hacerse coincidir con el enorme rosetón de la fachada y que los peregrinos solían recorrer de rodillas. Si bien es cierto que el símbolo del laberinto es tan antiguo que se encuentra presente en pinturas rupestres cuyas espirales siempre nos han remitido a una iniciación, un arduo camino al interior de nosotros mismos. O por decirlo de otra manera, el arte de perderse y encontrarse.

No voy a ahondar en la historia de los ‘mazes’ y laberintos, hay un excelente artículo publicado por Josep Lapidario en Jotdown al respecto, sino en el motivo que lleva a miles de personas, sobre todo en el ámbito anglosajón, a caminar por un laberinto hasta su centro y volver por el mismo camino (aunque nunca lo sea).

De las tinieblas a la luz

Sí, puede que suene muy bíblico y no es mi intención. Culturas como la celta, la maya, la griega o los indios norteamericanos han considerado los laberintos espacios sagrados. Son asimismo una representación del ser, como el círculo o la espiral, y caminarlos es tanto un descenso a los infiernos como un trance mágico donde el pensamiento se anula; lo único que puedes hacer es seguir adelante o no hacerlo, caminar por un espacio reducido que a la vez es todo lo que eres, sin plantearte nada más que llegar a su centro. Y pese a lo enmarañado que pueda resultar una vez estás dentro, a vista de pájaro el camino es clarísimo y una verdadera obra de arte.
Muchos caminantes de laberintos, como los miembros de la Labyrinth Society, recomiendan poner la atención en nuestro interior. Hay quien tarda horas en recorrerlo o solo unos minutos; quien ora mientras lo hace (esto ya responde a la religiosidad de cada cual) o quien camina en grupo. Existen también grupos numerosos de fans de los laberintos meditativos que se reúnen primero para construir uno con piedras o algún otro material y esta obra, que algunos comparan con un mandala, es también parte de la meditación y te invita a reflexionar sobre muchos aspectos de tu vida; por ejemplo, lo largo y tortuoso del laberinto que creas podría ser una manifestación de tu propio proceso mental, de lo complicado y ensortijado que ves tu camino hacia ti mismo o hacia cualquier fin que te propongas. Las posibilidades meditativas y asociativas del laberinto son infinitas, como vemos.

La Labyrinth Society ha creado un localizador en el que puedes introducir tu localidad y código postal y encontrar los laberintos más cercanos.

Y así lo explican Chevalier y Gheerbrant en esta obra esencial para cualquier amante del simbolismo que es el ‘Diccionario de los símbolos’: “El laberinto conduce al interior de sí mismo, hacia una suerte de santuario interior y oculto donde reside lo más misterioso de la persona humana. Pensamos aquí en la ‘mens’, templo del Espíritu Santo en el alma que se halla en el estado de gracia, o también en las profundidades de lo inconsciente. Una y otro no pueden ser alcanzados por la consciencia sino tras largos rodeos o una intensa concentración hasta esa intuición final donde todo se simplifica por una especie de iluminación”. Y mi parte favorita: “La llegada al centro del laberinto, como al término de una iniciación, introduce a una logia invisible, que los artistas de los laberintos han dejado siempre en el misterio o, mejor, que cada uno puede llenar según la intuición o las afinidades personales”.

Ac Tah first Labyrinth India. Via Youtube.

Y ahora dónde me pierdo

Si vives en Barcelona, como es mi caso, el primer laberinto que te viene a la cabeza es Horta. Mec. ERROR. El Laberinto de Horta no es un laberinto propiamente dicho, sino un ‘maze’. La diferencia, como decíamos antes, es que no es un camino directo, sino una bellísima ratonera en cuyo centro hay una estatua de Eros, lo que en mi ‘mood’ actual me invita a interpretarlo como que el amor y el deseo es un enorme embrollo que solo nos conduce a perdernos un poco más, por eso siempre he sentido más afinidad con el Minotauro que con ese listillo de Teseo o el torpón de Dédalo, que para escapar de un laberinto que él mismo diseñó, inventó unas alas con las que Ícaro se partió la crisma.
Para facilitarnos la tarea de encontrar un laberinto en nuestra población, la Labyrinth Society ha creado un localizador en el que puedes introducir tu localidad y código postal y aparecen los laberintos más cercanos. AQUÍ los encontrarás.