El francés Arsène Heitz se inspiró en el libro del Apocalipsis para crear el que en teoría es símbolo de unión entre los pueblos de Europa, la bandera europea.

 

En un tiempo, hace mucho, cuando los mitos caminaban por la Tierra y la Magia era fuerte, una bellísima joven fenicia, de la ciudad de Tiro, tuvo la mala suerte de seducir al dios equivocado. Zeus, Rey de los Dioses del Olimpo, encaprichado de Europa se transformó en un gran toro blanco y secuestró a la joven, llevándola a la isla griega de Creta. Comenzó en ese momento una larga tradición europea de secuestros que dura hasta hoy.

En Septiembre de 1935 Adolf Hitler, ayudado por su dentista y seguramente bajo los efectos de la pervitina (una metanfetamina terriblemente popular en la Alemania de los años veinte y posteriores) diseñaba uno de los sigilos más poderosos del s.XX, la Nationalflagge, comúnmente conocida como bandera Nazi.

Rectángulo rojo, representando un nuevo socialismo, círculo blanco en honor al nacionalismo y una esvástica negra en el centro, símbolo solar ancestral asociado a la Fuerza y el Triunfo, supuesto destino de la raza aria. Pero no todo era tan banal, ni mucho menos casual, la esvástica tradicional es levógira (sus brazos apuntan a la izquierda, en sentido contrario a las agujas del reloj) y entre otras muchas connotaciones representa el avance del tiempo, de los ciclos. En cambio la esvástica elegida por los nacionalsocialistas fue dextrógira (brazos apuntando a la derecha) en lo que fue toda una declaración de intenciones nada inocente, anunciaba ya el deseo y el fin último a conquistar: Parar el tiempo.

El sueño húmedo de toda reacción en cualquier lugar y en cualquier época. Volver a bañarse en la fuente primigenia de los mitos, ofrecer a su pueblo un retorno a la gloria pasada, fuese cual fuese el precio, abrazando la muerte si era necesario. Bebiendo del romanticismo negro alemán y la tradición esotérica europea armaron toda un religión política, un sincretismo resultante de maridar tradición germánica, tibetana, cientificista y prácticamente cualquier influencia que sirviera a sus fines, que, contra todo pronóstico evolucionó con una gran lógica interna y funcionó. Vaya si funcionó. Aún hoy ese sigilo que es la bandera nazi sigue teniendo una fuerza, una presencia que impone, cuanto menos, respeto. Está insertado en nuestro inconsciente colectivo como un alfiler incandescente entre nuestras vértebras. Mucha gente no lo entiende, sólo lo teme, y quizás esa fue la intención primera de sus diseñadores, infundir temor con tan sólo un símbolo. Un símbolo cargado durante años con las energías de una nación entera dispuesta a refundar la religión, la política, la filosofía, la ciencia, la realidad misma. El resto es historia. La ideología nazi casi consumó otro secuestro de Europa.

Heitz explicó en la revista ‘Lourdes Magazine’ haberse inspirado en un pasaje del Libro del Apocalipsis donde se podía leer “…una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas…”

Hoy en día en Europa ondea otro sigilo, la bandera europea. Un rectángulo azul en el que se insertan doce estrellas amarillas de cinco puntos equidistantes. Si nos informamos en la página de la UE veremos que la bandera tiene un inocente valor laico e integrador: “Es el símbolo no sólo de la Unión Europea sino también de la unidad e identidad de Europa en un sentido más amplio. El círculo de estrellas doradas representa la solidaridad y la armonía entre los pueblos de Europa. El número de estrellas no tiene nada que ver con el número de Estados miembros”.

Ya. Pero resulta que, sorpresa, no es así. Este símbolo fue creado en 1955 por el francés Arsène Heitz, que ganó un concurso con tal fin. La bandera fue aprobada por el comité ministerial el 8 de diciembre de ese año, curiosamente el día que los católicos celebran la Inmaculada Concepción de María. De nuevo, ni banal, ni casual. Ya que la bandera europea es un símbolo mariano inspirado en el Apocalipsis. Fondo azul como el manto azul de la Virgen, y doce estrellas como las doces estrellas que coronan a María en la tradición católica.

El propio Heitz lo confesaba: “inspirado por Dios, tuve la idea de hacer una bandera azul sobre la que destacaban las doce estrellas de la Inmaculada Concepción de Rue du Bac; de modo que la bandera europea es la bandera de la madre de Jesús que apareció en el cielo coronada de doce estrellas”. Al parecer Heitz explicó en la revista ‘Lourdes Magazin’” haberse inspirado en un pasaje del Libro del Apocalipsis donde se podía leer “…una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas…” que va a dar a luz un hijo “…que regirá con vara de hierro a todas las naciones…”. También afirmó haber basado su diseño en la corona duodecastelada (de doce estrellas) sobre fondo azul de la Medalla Milagrosa basada en las visiones de Catherine Labouré en la iglesia parisina de la Rue du Bac y en la que reza “conçue sans péché” (concebido sin pecado), lema de lo que posteriormente sería el dogma de la Inmaculada Concepción.

Nuestros dirigentes trazan fronteras con alambre de espino explicándonos que evitará que entre el mal, pero la intención es consumar un nuevo secuestro de Europa.

Tres días después de la aprobación de la bandera el propio Consejo de Europa inauguró un vitral en la catedral de Estrasburgo en honor a la Virgen coronada con la “Corona Stellarum Duodecim” o corona de doce estrellas.

Hoy en día, en tiempos de zozobra y de Brexit me viene a la cabeza una antigua aseveración de Margaret Thatcher: “La Comunidad Europea es una conspiración católica”. Todo es posible. En tiempos de islamofobia no es de extrañar que las masas carguen (sabiendo o sin saber) un sigilo católico para detener al supuesto monstruo Islámico. Y es posible también que estemos viviendo otro nuevo secuestro.

Refugiados sirios en la estación de Budapest, el 4 de Septiembre de 2015. (cc)

Esa misma Creta dónde vivió Europa se desmorona hoy, como toda Grecia bajo las crueles imposiciones de la Bandera Azul. Grecia, antaño orgullo y símbolo de europeidad se desintegra a fuego lento mientras los europeos miran a otra parte, o peor, se miran el ombligo.

Nuestros dirigentes, al igual que los anteriores, desde Zeus y aún antes, no dejan nada al azar. En las tradiciones mágicas se utilizan círculos de sal para proteger e impedir el acceso a entes no deseados, pero nada es tan sencillo: nada entra, nada sale. Y así, nuestros dirigentes trazan fronteras con alambre de espino explicándonos que evitará que entre el mal, pero mucho me temo que la intención no es esa, sino encarcelar, en una jaula quizá de oro, pero jaula al fin y al cabo. Consumar de nuevo el secuestro de Europa.

Quizás va siendo hora de que dejemos de cargar sigilos que no son nuestros, de que opongamos resistencia, de que no nos impongan mitos ni nos digan cómo y cuando creer. Quizás es momento de liberar a Europa, pasar página y empezar a construir con manos temblorosas mitos nuevos… Los mitos europeos, después de todo, ya están cansados.

 

“En el núcleo de aquel anhelo,
de la chispa el débil destello,
exacerba aquel viejo deseo
de ser finalmente libre.
[…]
Así, a través de la noche, solos vagamos,
sin atisbos de luz en la distancia,
tras la niebla que aguarda en la penumbra,
escudriñando a veces las estrellas… “

Sterne
Andreas Ritter (Forseti)