En un panorama literario marcado por la mercadotécnia y la exaltación del capital social de los autores, un pequeño crepúsculo sigue imprimiendo y editando sus desvaríos de psicogeografía esotérica, mayormente a través de personajes amparados en el viejo rol de los detectives, ¿qué se esconde tras esta resistencia?

Oscuros callejones poblados de melancólicos recuerdos en forma de horrendos fantasmas, violentos crímenes que esconden almas heridas, rumores que esperan a un viajero astral para ser confirmados, homicidas con el don de teletransportarse, ruinas encantadas de ciudades sumergidas, maldiciones de entes demoníacos que llevan siglos esperando para consumar su venganza, sectas que manejan maquiavélicas conspiraciones desde lo más profundo de las catacumbas cercanas al trono… Por todos estos escenarios, y tantos otros, transitan los detectives de lo oculto, los agentes psíquicos, la última línea defensiva frente a los acechantes peligros de lo paranormal. Pero cabe preguntarse: ¿por qué empleo el tiempo presente?; ¿siguen vivos los “occult doctors”?; ¿acaso no paso ya su época dorada? Estos son algunos de los interrogantes que pretendo descifrar por medio de este escrito.

Se trata de una investigación fruto de una casuística personal. De hecho, hace años publiqué una novela negra de tintes esotéricos protagonizada por un detective sobrenatural, poseído por la imperiosa necesidad de ajustar las normas diegéticas de este subgénero a un panorama lo más local posible. En su caso, fue adaptarlo a Barcelona. Debido al paso del tiempo y al reconocimiento por parte de algunos lectores para con este ámbito, fui encontrándome en el camino con novelas similares, ya fueran publicadas o todavía manuscritas, en las que otras voces habían convergido con este modelo de hiperadaptación localista. Muchas de ellas eran autopublicadas, disponibles sólo en digital o en librerías especializadas, o eran leyendas del underground sin apenas promoción mediática. Desconociendo si sobrevivía ese público lector especializado, me encontré con que autores de décadas e intereses dispares habíamos optado por cultivar este subgénero, al margen de las tendencias editoriales. y pretendo con este artículo tratar de darle una posible explicación, con ayuda de mucha bibliografía y unas cuantas preguntas al aire.

Podría organizarse una gran antología, capaz de emplearse como arma blanca, sólo con los detectives de Curtis Garland.

Ante todo, cabe señalar que España, a diferencia de otros territorios, se caracteriza por la ausencia de una ruptura histórica en la recepción del género de los detectives de lo oculto que tal vez sí se ha dado en otros lugares. Procedo a explicarme. Este subgénero de las novelas de misterio llega a un primer cénit en países de habla inglesa bajo el manto del éxito del detective de Baker Street (1887), y los pastiches y copias consecuentes, en un siglo capaz de conjugar la ilusión ilustrada por explicar los fenómenos paranormales, el racionalismo de Sherlock Holmes, con corrientes y sectas que marcarían el legado esotérico del siglo XX, como Blavatsky y Crowley (quien también tenía su propio detective de lo oculto, Simon Iff). Una rápida cronología empezaría con el doctor Hesselius (1872) de Le Fanu y con Flaxman Low (1898) y seguiría con los míticos John Silence (1908) de Algernon Blackood, muy influenciado por sus contactos con la Orden del Alba Dorada, y Thomas Carnacki (1910) de William Hope Hodgson. Podríamos seguir con profusión en la innumerable cantidad de detectives pulp aparecidos en revistas pero tal vez el máximo exponente de la época de los weird tales sea Jules de Grandin (1925), animado por la pluma de Seabury Quinn, aunque no me gustaría obviar en esta cronología al detective de lo onírico Morris Claw (1913), creado por un joven Sax Rohmer, el padre de Fu Manchú. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la década de 1950 se considera finalizada LA ÉPOCA DORADA Y EL GÉNERO EMPIEZA UNA TRAVESÍA EN EL DESIERTO LITERARIO DE LAS REIMPRESIONES. Al menos, en los países de habla inglesa.

No sucede lo mismo en España, donde empieza a llegar todo este imperio narrativo bajo el auspicio de los bolsilibros, nuestra literatura pulp, que de los cincuenta a inicios de los noventa provería a los hogares españoles de historietas baratas en las que no era complicado encontrar alguna clase de detective paranormal. Podría organizarse una gran antología, capaz de emplearse como arma blanca, sólo con los detectives de Curtis Garland. Esta circunstancia material del mercado se combinaba con la más espiritual circunstancia española, la de siglos de superchería autóctona. La nación de la Inquisición, de los lobisomes y las caras de Bélmes, sigue reciclando toda clase de material que huela a esoterismo, nuestra geografía parece proclive a curanderos que aparecen en el Hola, poderosos imperios en la sombra, histerias colectivas que alimentaron encuentros con ovnis hasta en los peñascos más perdidos de la meseta, o enclaves enmarcados por custodiar las reliquias que embobaban a un crédulo Generalísimo. Este subgénero ha aparecido vinculado históricamente a eventos reales, ya fuera en América con el auge de profesores duchos en psicofonías o en Londres con los vínculos mágicos de la propia ciudad, y la verdad es que en España nunca han sobrado motivos. Es también el país en el que triunfó J.J. Benítez, en el que Cuarto Milenio organiza exposiciones de museo, de Tristanbraker -el investigador de la televisión que también autopublicó una saga de misteriosos casos-, y del dr. Fernando Jimenez del Oso y su “Biblioteca básica de los temas ocultos”. Con todo este material flotando en el aire, más algunos productos audiovisuales como Twin Peaks o el más reciente True Detective, o la fiebre global de Dan Brown, teniendo en cuenta que los autores como los lectores no se hacen sino que se incuban con el tiempo, no es de extrañar que sigan apareciendo tramas de este subgénero. Para solventar las lagunas de mini cronología, recomiendo hacerse con el número especial de detectives de lo oculto de la revista Ulthar. Contiene dos profusos ensayos que abordan tanto el panorama internacional como el nacional, escritos por José Luis González Martínez, fundador del fanzine Malpertuis, y Alberto López Aroca, editor de la revista y de quien hablaré más adelante.

“El día que yo escriba pensando en esas cosas estoy muerto como escritor” – J.G Mesa

Así pues, una vez quedaban más o menos claros los motivos históricos, cierta telaraña de continuidad, restaba por ver la vitalidad de los mismos. La búsqueda de autores actuales, aunque prolífica, es casi totalmente en los márgenes de la gran industria, proviene en su mayoría de los círculos de información habituales de los sectores especializados del fandom, a este respecto me ha sido muy útil la base de datos de Tercera Fundación y he obviado, por un tema de brevedad, todo lo que hacía referencia a novelas juveniles, donde también se han dado con exuberancia los detectives sobrenaturales. A este respecto, y pese a ser una búsqueda con resultados prolíficos, confirma lo dicho que al preguntar a Rafael Díaz, uno de los editores de la mítica Valdemar, responsables de la edición de gran parte de los detectives clásicos de los que he hablado al inicio -y una antología bastante completa titulada Los vigilantes del más allá (1990)-, él se mostrara sorprendido con que se siguieran escribiendo historias de detectives sobrenaturales y que no recordara haber recibido ningún manuscrito de este tipo. Yo he estado preguntado por librerías con sección propia y, más allá de las que tienen algún hueco para Sherlock Holmes, la apariencia comercial del subgénero parece nula. Sin embargo, como decía, podría gastar un par de folios en enumerar novelas de este tipo de autores españoles publicadas en los margenes de la industria, eso sólo sin tener en cuenta las toneladas de inéditos y los veinte mil relatos en fanzines y blogs del fandom. Hay algunas menciones que quisiera incluir, y empezaré con ello con Lem Ryan, pseudónimo de Francisco Javier Miguel Gómez, quien empezará su trayectoria profesional en los ya mentados bolsilibros y que prosigue en la actualidad. Seguiré con Nuria Botey y su Plata Pura (2017), o con Sergio S. Morán y El dios asesinado en el servicio de caballeros (2016), protagonizado por una detective pululando en una fantástica Barcelona. Podría continuar con los conocidos Juan Ramón Biedma, Rodolfo Martínez o Joe Álamo. No quiero olvidar la trilogía de Baztán (2013) de Dolores Redondo o El renacer de la concubina del demonio (2017) de Ana Morán. También quisiera hacer hincapié en el proyecto de J.G. Mesa, Las crónicas sobrenaturales del Gabinete 1906 (2015), un proyecto de tres libros con ambientación en un universo alternativo llamado MundoSolo. Cuando le hice unas cuantas preguntas a Mesa, tratando de dilucidar el misterio de la prolífica autoedición de esta clase de historias, me transmitió una actitud más que respuestas: “el día que yo escriba pensando en esas cosas estoy muerto como escritor”.

Por último, y aunque mereciera un profundo artículo a parte, hay que mencionar cierta efervescencia cultural albaceteña que se ha convertido en uno de los celosos secretos del underground. Me refiero a Alberto López Aroca, editor de Ulthar y espíritu sherlockiano donde los haya, autor del personaje de Rafel Nuñez, cazador de psicópatas, y de Juan García Rodenas y el legendario inspector Serrano, ambos aparecidos en la revista Fábulas Extrañas en los noventa. El caso de Rodenas también es de clara exuberancia, hay hasta ocho novelas del inspector Serrano, sin contar los cuentos, ambientadas en una Albacete que parece ser el agujero negro de todo el mal de la galaxia, y tres spin-off de su ayudante, Laespada, en el que a través de un espejo conecta con la ciudad alternativa de Albaville -que me comentan por el pinganillo que recientemente fue física y realmente destruido-. Decir que he disfrutado con su amena lectura es quedarse corto y el relato del Inspector Serrano que aparece en el mencionado número especial de Ulthar (El hombre de hilo) es uno de mis favoritos. En esa revista también descubrí al Detective Solo, de Gema del Padro y Miguel Martín, con más de veintisiete casos a la espalda, afincado en Madrid, una muestra más del hiperlocalismo del que os hablo.

No os perdáis la segunda parte, que contiene jugosas entrevistas a Roberto Bartual, Alberto López Aroca y Juan García Rodenas….