La fotógrafa Cristina Núñez empezó a tomarse autorretratos en 1988 después de una adolescencia como heroinómana y prostituta. Tras un divorcio y el fallecimiento de su padre se sentía tan fea y sola que quiso retratar su fealdad.

 

Estoy cabreada y triste, y escribir sobre Cristina Núñez no mejora la foto. Una artista que te golpea con su propia fragilidad, que te hace sentir tan vulnerable como ella, tan rabiosa consigo misma que a través de su dolor emerge el tuyo. ¿Qué maldito problema tiene? ¿Es que no le enseñaron en su casa a esconder sus propias emociones, a guardarse en el bolsillo su rabia? Pues a mí me ha costado treinta años aprender a sonreír mientras me desgarro por dentro y dos mañanas con ella me bastaron para gritar al mundo (y a mí misma): “Esto soy yo. ¿No te gusta? Pues mírame”. Puedo leerte la mente, estás pensando: “no me cuentes tu vida. Todos tenemos problemas”. Sí, pero la diferencia entre tú y yo, entre tú y Cristina, de hecho es…. nimia. ¿Quieres comprobarlo? Sitúate frente al objetivo de la cámara y aprieta el gatillo.

“Soy una exhibicionista. Necesito que me miren aunque sea escandalosamente porque me calma el dolor”. Nos acabamos de sentar en la cafetería del Espacio de Artes Roca Umbert, donde la fotógrafa es artista residente, y ni siquiera tengo tiempo para convertirme en la periodista insidiosa que busca yagas para hincar el dedo cuando ella me muestra las heridas abiertas. Su vulnerabilidad la hace invencible. “Bueno, en realidad todos somos exhibicionistas”, le contesto. Y al momento soy consciente de que acabo de incluirme en la foto y, la verdad, no me gusta. “Claro –dice ella-, porque si la gente no nos ve tenemos dudas sobre nuestra existencia”. Entonces surge el tema, el “puto selfie”, ese bukake de sonrisas postizas ‘over the World Wide’. “Hombre, es normal –dice-, en cuarenta años el mundo ha cambiado mucho. Nunca ha habido un momento así en la humanidad, en que cada individuo tenga sobre sus hombros el peso de qué va a hacer con su vida. Estamos muy solos ante nuestras elecciones y constantemente bombardeados por modelos de éxito y el selfie es una forma dirigida de afirmar la existencia”. (-¡No los defiendas!-) Y no lo hace, el ‘selfie’ y el autorretrato son el anverso y el revés de la imagen; el primero es deseo de ser, el segundo desencadena un proceso creativo a través de las fotografías que nunca te quisieras tomar en momentos que te gustaría no hubiesen existido. Un Tú VUL-NE-RA-BLE, un Tú DE-SES-PE-RA-DO, un Tú ¡FU-RIO-SO!, un Tú HE-RI-DO. E irremediablemente, todo lo contrario. Porque el proceso creativo es el polígrafo sin falla y la piedra del alquimista.

Convertir la mierda en diamante

Cristina Núñez empezó a tomarse autorretratos en 1988, después de una adolescencia como heroinómana y prostituta. Tras un divorcio y el fallecimiento de su padre, se sentía tan fea y sola que quiso retratar su fealdad. Pensó que si se acostumbraba a esa imagen de ella misma que aborrecía (que siempre le había repugnado) podría superarla. Y de la misma forma en que los indios creían que las fotografías tenían el poder de robar el alma, ella descubrió que podía transformar “su mierda en diamante”, es decir, sacar a la superficie su Yo Superior.

-¿Quieres decir quién realmente eres?

– O quién no sabes que eres. Lo importante es que no te reconozcas en la foto, porque el proceso creativo hace que salga lo que tu inconsciente necesita, pero eso no te define.

Wait, wait, wait… ¿Cómo no me voy a reconocer en una foto si soy yo? ¿Quieres decir como un gato frente a un espejo?

Pero no fue hasta verme reflejada en ese espejo, cuando entendí la universalidad del arte de Cristina Núñez de la misma forma que lo hicieron ejecutivos, toxicómanos, presos, adolescentes, artistas y otros anónimos que alguna vez entraron en su caverna, ese espacio negro que ella dispone en su estudio para que cada cual se tome sus fotografías, en soledad, y comprenda, como yo lo hice, “la belleza en lo horrible, o en lo doloroso; ese cortocircuito increíblemente catártico que es oro”. Mi Yo Superior. La consigna, me cuenta, es elegir una emoción y escucharla con todo el cuerpo; el timer de la cámara no permite controlar la imagen resultante. Y entonces llega el grito silencioso. Me muestra fotografías –semanas más tarde yo también tomaría las mías-. Y era cierto, mientras una mitad de mi rostro expresaba orgullo, la otra se sentía indefensa; parecía vencida y a la vez estaba a punto de ganar una batalla… ¡Los opuestos, claro que sí! Yo soy eso y todo lo contrario, un ser múltiple. “En potencia todos podemos ser Adolf Hitler, porque era un ser humano. Pero el proceso creativo saca lo que he decidido no mostrar y, al expresarlo, ya no necesito sufrir ese episodio en la vida”.

-Vaya, también eres terapeuta.

-No, yo soy artista, lo terapéutico es el proceso creativo, que te vuelve del revés y que necesitas compartir, porque si los demás me miran intensamente, me aceptan como soy y se reflejan, sucede la unión. Eso, de alguna manera, es amor.

La vie en rose

Des yeux qui font baisser les miens
/ Un rire qui se perd sur sa bouche/ Voila le portrait sans retouches
/ De l’homme auquel j’appartiens/ Quand il me prend dans ses bras
/ Il me parle tout bas
/ Je vois la vie en rose. – Edith Piaf.

Imagina una primera cita en la que por una vez evitas dar tu mejor cara y eres totalmente honesta. Bueno, al fin y al cabo, te ha pedido que le hables de ti. Y te muestras sin ambages sobre tus defectos y tus miedos; conforme avanza la conversación te pones furiosa, ya lo estabas, y al momento estallas en un llanto amargo y desde las otras mesas la gente os mira y cuchichea. Lo más común es que tu cita te tache de lunática, le ataque un repentino dolor de estómago y su teléfono no vuelva a dar señales de vida. Pero, ¿y si se quedase? ¿Y si creyendo haber visto lo peor ti aun así quisiera conocerte? ¿No podría ser éste el amor de tu vida?

La ‘Vie en rose’ es el nuevo viaje a Ítaca de Cristina, una búsqueda de la pareja ideal a través de una serie de vídeos y performances en los que el dolor y la debilidad se convierten en arma de seducción. ¿Habrá un final feliz? Espero que sí. Al menos si comen perdices no habrá que sonreírle más al pajarito…

 

Naturalmente, Cristina Núñez:

www.lavierose.eu

www.cristinanunez.com