El actor y dibujante Carlos Areces es un de coleccionistas de fotografía post mortem más importantes del mundo.

 

Escribo desde un domingo con sol y desde donde no debería. Todavía es otoño y hay algo en esta luz rebelde, suavemente cálida, aún efervescente como la del verano, que se resiste a desaparecer. Todas las fachadas son blancas. La altura relativa de los rascacielos madrileños deja al descubierto las copas de los árboles, que deben ser de hoja perenne, porque sus ramas se agitan verdes y sin miedo delante de mí, al otro lado del cristal. Se me ocurre que podrían estar saludándome, y también se me ocurre que me estoy volviendo loca.
En la oficina desierta, he puesto la música demasiado alta.
Doy marcha atrás, de eso se trata. Es lunes otra vez y, en el sofá de su casa de Carabanchel, rodeado de un puñado de retratos en sepia y blanco y negro de muertos sin nombre y sin origen, Carlos Areces nos lee en voz alta a Estefanía, la fotógrafa de Láudano, y a mí, un texto de Sebastiano Pauli acerca de la descomposición del cuerpo. Durante su lectura, a ninguno de los tres se nos escapa el contraste extraño, de conjuro, que hay entre el significado de las palabras que pronuncia Areces y la cotidianeidad que se cuela por la ventana del salón; el filtro de la normalidad de los días, que se sirve de los ruidos del tráfico y del ajetreo propio del barrio obrero, en el corazón de la ciudad, para hacernos creer que la muerte ha desaparecido.
Voy a contar la mañana que pasamos charlando con Carlos Areces sobre la fotografía post mortem.

 

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Apenas una semana después de ver Las brujas de Zugarramurdi, en la que, junto a Santiago Segura, borda su papel de bruja vasca, recibo el encargo de entrevistar al actor e historietista español (así lo define wikipedia) Carlos Areces. Acepto encantada, no sólo porque el trabajo de Areces en el cine, la radio, la televisión y las páginas ilustradas de algunas de las más carismáticas revistas de nuestro país me gusta; también, y sobre todo, porque el objeto de la entrevista se escapa de esos límites conocidos del personaje y se adentra en un terreno de penumbra.

Publio López Mondéjar, fotohistoriador miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, quedó con Areces para que le enseñara su colección de fotografías pos mortem y la calificó como la más importante que jamás había visto. Ese es el motivo de nuestro encuentro: Carlos nos invita a su casa un lunes a mediodía para enseñarnos el centenar holgado de fotografías pos mortem, la mayoría americanas, que ha ido coleccionando desde que, en 2001, la película Los otros, de Alejandro Amenábar, despertara su curiosidad por esta disciplina.

“Esta afición es un paso más en mi escalada de coleccionismo compulsivo. Empecé coleccionando tebeos porque me proporcionaba un extraño placer, que casi rozaba lo sexual, ver la correlación de los números perfectamente ordenados en la estantería, tenerlos, conseguir ediciones inencontrables… luego me dio por las fotos de comunión, tengo más o menos unas cinco mil; fotos de comunión antiguas en las que la expresión de los niños es un poema, se nota que el último sitio en el que querían estar era posando; colecciono también fotografías de desconocidos y fotos de fotomatón, pero no de fotomatones digitales, sino de los antiguos. Los mejores, ya los tenía yo localizados, eran los de Argüelles y Sol, que en el revelado, por defecto, tiraban al rojo o al verde ; y allí, después de ver Los otros, iba con los amigos a simular escenas de muerte… y también después de ver Los otros y leer una entrevista a Amenábar en la que hablaba de su inspiración, los álbumes recopilatorios Sleeping Beauties, de Stanley B. Burns, le llegó el turno a la fotografía pos mortem”.

“La colección forma parte del atractivo de mi casa, por eso las tengo tan presentes, porque siempre hay alguien que muestra interés por ellas”

Es un hecho: es un coleccionista nato; y su casa, un tercer piso sin ascensor cerca del popular mercado de San Isidro, refleja esta certeza como un espejo que recogiera físicamente la expresión de una idea abstracta: la pasión por seguir varias líneas de búsqueda. Hay una habitación exclusivamente dedicada a los cómics, con estanterías dobles, como las de las bibliotecas, que forran las paredes y están repletas. En el salón, dividido en dos espacios, uno de trabajo y otro de esparcimiento, presidido por una tele grande y un sofá comodísimo, las estanterías continúan, cargadas de música y cine; y una vitrina encierra una cantidad innumerable de miniaturas: desde Bob Esponja a Julio Anguita disfrazado de Groucho Marx… y luego, cómo no, están las fotografías, guardadas en cajas y en álbumes en su habitación. Sin ningún pudor nos conduce hasta allí. La cama esta deshecha y la mesita de noche, llena de libros.

Se nota que Areces se toma muy en serio su pasión y disfruta compartiéndola. Es amable, reflexivo, cuando responde a nuestras preguntas (resulta fácil intuir que ha abordado a menudo, desde diferentes perspectivas, el tema de la muerte), y lleva una americana negra que choca con su piel muy pálida, con sus ojos pequeños pero brillantes y expresivos, y le confiere una sobriedad de experto que niega su propia importancia.

“La colección forma parte del atractivo de mi casa, hay quien viene por los cómics, quien viene por las fotografías… por eso las tengo tan presentes, porque siempre hay alguien que muestra interés por ellas” o que contribuye con entusiasmo a alguna de las causas, como hizo Miguel Ángel Silvestre, que un buen día se presentó con una foto suya de cuando tomó la comunión vestido de marinero.

ES MENTIRA, NINGÚN MUERTO PARECE DORMIDO

“Nunca parece que los muertos sean vivos dormidos”, nos cuenta justo después de enseñarnos la segunda edición del primer Sleeping Beauties, que tuvo una tirada mundial de sólo cuatro mil ejemplares, “mi padre falleció en el hospital y, cuando acudí a verle después de muerto, ya no era mi padre… a mí la muerte, por encima de todo, me asusta, me perturba y me afecta, la mía y la de mis seres queridos; lo que me da miedo es que alguien habitual en mi rutina de repente ya no esté… pero todo aquello que nos horroriza al mismo tiempo nos produce fascinación, porque la cosa cambia si piensas en la muerte en abstracto. Así es como vivo las fotografías”.

La fotografía pos mortem, en pleno apogeo durante la segunda mitad del XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, convertía al cadáver en un elemento más de la composición. En algunas no se disfrazaba la condición del difunto, pero en otras sí; en otras se procuraba que el finado pareciera con vida y estas son, nos explica Carlos mientras nos muestra la imagen de un padre en apariencia dormido, sentado en una mecedora con un bebé inexpresivo en brazos, y nos anima a adivinar quién es el fiambre, las más difíciles de conseguir.

“No hay nada interesante en La historia de la belleza comparado con esto; lo que realmente interesa es lo que la gente aparta”.

“Yo no me haría una”, contesta tajante cuando queremos saber si le gustaría que le fotografiaran después de muerto, “las que colecciono tienen la distancia del tiempo y sólo en su contexto son comprensibles, eran un lujo. Imaginad lo que costaba entonces encontrar un fotógrafo especializado que quisiera acercarse al lugar del deceso para inmortalizar el cuerpo (el tiempo transcurrido desde la defunción y el disparo de la cámara muchas veces es evidente en el avanzado estado de descomposición del muerto, que salta a la vista). En nuestra época, sin embargo, la convivencia natural con la muerte se ha perdido. Hay un empeño por hacerla invisible… a mí me da terror que me incineren, no sé por qué… preferiría que mi cadáver permaneciera para siempre maravillosamente conservado, que no fuera víctima del proceso que describe Sebastiano Pauli”.

 

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Ante nuestra perplejidad, no tenemos ni idea de quién es ese señor, busca entre el marasmo de libros que nos rodea y se hace con la Historia de la fealdad, de Umberto Eco. Se sienta en el sofá y nosotras le imitamos. Dice: “No hay nada interesante en La historia de la belleza comparado con esto; lo que realmente interesa es lo que la gente aparta, lo que rechaza, lo que trata de esconder”; localiza el fragmento de Pauli, un religioso del siglo XVIII, y lee en voz alta: “… apenas este cuerpo, bien compuesto no obstante y bien organizado, sea encerrado en el sepulcro, cambia de color y se vuelve amarillo y pálido, pero de una palidez y una lividez que produce náuseas e inspira miedo. Luego ennegrece por completo desde la cabeza hasta los pies; y una erupción sombría y negra, como de carbón apagado, lo reviste y lo recubre”.

Silencio.

Ya son casi las dos. Al volver la página en el libro de Eco, aparece una reproducción de Los amantes muertos y Areces nos sonríe antes de continuar con la reflexión sin abandonar su humor macabro: “Me he documentado sobre las compañías de criogenización en marcha. Hay dos: una, carísima; la otra está en Nuevo México y he visto un documental. Es más barata, pero son unos cutres, parece que sumergen a los cadáveres en hielos comprados en el chino… una cosa terrible”.

No cataloga las fotos en una tabla de Excel o en un archivador, mantiene la información en su memoria; tampoco tiene favoritas. Cuando le preguntamos por sus predilectas se encoge de hombros y empieza a enseñarnos una tras otra. Cada una esconde una historia distinta y la ilusión de Areces es que alguien le proponga editar un libro con ellas. Nos cuenta también que ha leído en alguna parte que Lorca tenía mucho miedo a la muerte y se pasaba las horas en la Residencia de Estudiantes con Dalí y Buñuel, simulando la putrefacción de sus propios cuerpos.

En el fondo, lo que nos asusta nos vuelve iguales.