El bailarín y coreógrafo Diego Piñón ha encontrado en la danza de la oscuridad, el butoh, una forma de reactivar las memorias ancestrales.

 

¿Cómo bailar la oscuridad que reina en uno? ¿Cómo danzar cuando se carga a cuestas el peso de la historia y el fantasma de la guerra, la muerte y el horror? Cuando se han visto a tantos convertidos en cadáveres ennegrecidos bajo una lluvia radioactiva, con la piel hecha jirones, vagando como almas que penan… Una década después de que Estados Unidos lanzase las bombas nucleares sobre las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki, los coreógrafos y bailarines Tatsumi Hijikata y Kazuo Ohno buscaron la forma de imprimir movimiento al cuerpo de postguerra y desarrollaron una danza imposible de comprender más que a través del dolor, el cansancio y el abismo que conducen a la liberación. Y la llamaron butoh, la danza de las tinieblas.

 

 

Más de medio siglo después, el butoh se ha convertido en una forma de conectar con la dimensión oscura del ser, oculta en cuerpos y mentes oprimidos, colonizados y capitalizados. Pero para Diego Piñón, creador del Butoh Ritual Mexicano, danzar en el abismo equivale a emprender un viaje interior donde, al igual que en los rituales ancestrales, el escenario es un lugar de ofrenda, en este caso, energética. A través del entendimiento del dolor de estar encarnados se produce la alquimia de la sanación.

Piñón nació un pueblo de las montañas del estado de Michoacán, en México, un lugar en el que conviven pueblos indígenas con una conexión mágica y espiritual con la tierra. “Hace unos cuarenta años, siendo muy joven, empecé a interesarme por las ceremonias chamánicas y el acceso al inconsciente a través de ciertas plantas. Tengo sangre indígena, aunque no pertenezca a ninguna etnia, y combinando la terapia corporal con los antiguos rituales descubrí que es posible reactivar las memorias ancestrales, a pesar de que no las recordemos, porque los ancestros viven en nuestro cuerpo”.

Encontró en el butoh, a cuyo estudio y práctica ha dedicado los últimos 25 años, un puente entre el individuo, lo colectivo y lo cósmico.

“El ritual del cuerpo tiene sus lenguajes aprendidos, pero cuando uno abandona esta estructura de lo aparente es cuando llega lo absolutamente nuevo”.

“El butoh nació del entendimiento de la realidad brutal que significó haber participado en una guerra y también de la devastación que vive el ser que no tiene poder; surgió como una posibilidad expresiva de los japoneses para rescatarse de las ruinas y volver a reactivar su conciencia y su cultura”, explica. Pasadas las décadas, dejó de ser una manifestación local para convertirse en una puerta de acceso a la parte espiritual y sagrada del ser humano, una región de nosotros que, según Diego Piñón, hemos dejado de respetar; aunque el ritual perviva hoy en una forma socialmente aceptada a la que llamamos arte.

No obstante, como nos ocurre como creadores o espectadores de una obra que nos conmueve y araña, que, asimismo, tiene algo de viaje, no todos los tramos son agradables y no por ello uno deja de recorrer el camino.

 

“El ritual del cuerpo tiene sus lenguajes aprendidos que siempre nos escudan y son cartas de presentación. Pero cuando uno abandona esta estructura de lo aparente es cuando llega lo absolutamente nuevo y espontáneo, que es la parte más valiosa del trabajo; cómo a partir de la técnica volvemos a esos estados vibratorios que uno puede buscar, esos senderos que van más allá y para los que no se requiere ninguna formación ni entrenamiento previo”, sostiene el coreógrafo y bailarín.

 


A sus talleres, que realiza tanto en Latinoamérica como en Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, una ciudad donde detenerse y contemplar se ha convertido en una necesidad, acuden personas de todo tipo y condición, con un único fin: reencontrarse a través del movimiento.

 

 

La práctica da comienzo con una preparación del cuerpo a través de la respiración, largas caminatas y la reactivación del movimiento puro, incluso en un anciano: “He concluido hace poco un encuentro con personas de edades entre los 20 y los 65 años que tenían todo tipo de experiencias vitales y físicas, y ocurren cosas maravillosas. Por ejemplo, pedirle a una mujer anciana que tiene una idea de su cuerpo, pero no se ha permitido ciertos movimientos que no implican más que soltarse, que vibre con la energía del piso llevándola al interior, a sus terminales y articulaciones. Después de una serie de horas y de una preparación, empieza a haber mucha más fluidez y los sentidos cotidianos la abandonan: entra en una experiencia colectiva”.

Podemos extraer energía incluso de las situaciones límites, expresar la naturaleza frágil y precaria del ser humano y experimentar tanto el gozo del movimiento como el dolor de estar encarnados.