La ansiedad es una enfermedad mental que afecta a seis millones de personas en España, pero todavía hoy quienes la padecen se sienten incomprendidos y juzgados. Yo soy uno de ellos.

 

No hace mucho, lo que más deseaba en el día era poder encerrarme en mi habitación, apagar las luces, tragarme un diazepam y esconderme bajo mis sábanas. Una vez dormida, dejaba de pertenecer al mundo real. No tenía que hacer frente a mi ansiedad y podía finalmente estar en paz. Pero esta paz era temporal, a la mañana siguiente me despertaba soñolienta y ansiosa. El trabajo absorbía toda mi energía- tenía que hacer enormes esfuerzos para pretender que estaba bien. En realidad, quería desaparecer. Dormir.

Cuando hablo con conocidos sobre la ansiedad lo usual es que me aconsejen sobre cómo tengo que lidiar con ella. Me dicen cosas como: “es cuestión de respirar”, “pinta mandalas, eso ayuda”, “si te vas a dar una vuelta se te pasa.” Hay otros comentarios que me fastidian también, cómo: “Ay, el tráfico me agobia, te entiendo.” Comprendo que las personas tienen buenas intenciones y quieren ayudar, pero a veces fallan cuando tratan de empatizar y trivializan la seriedad de esta enfermedad. Porque eso es lo que es, una enfermedad. Y ése es uno de los mayores problemas de las enfermedades mentales, no son visualmente dramáticas como una herida que sangra y tampoco se las percibe tan graves o tan condicionantes como otras enfermedades.

Cuando mi abuela murió hace no mucho, mi ansiedad empeoró.

Cuando mi abuela murió mi ansiedad empeoró y me sentí muy sola.

 

La ansiedad es una respuesta natural de nuestro cerebro con un propósito, funciona como una alarma que se activa cuando estamos en peligro. Todas las personas pueden experimentar ansiedad en un momento particular de sus vidas. Desde una perspectiva biológica, se supone que la ansiedad “incrementa nuestro sentido de alerta, por lo que estamos preparados para lidiar con posibles amenazas”. Sin embargo, si vivimos en un estado constante de ansiedad, nuestro cerebro no se está comportando correctamente. Cuando se está ansioso uno puede sentir miedo de muchas cosas, incluida la vida misma.

Según datos de 2014 en España el número de personas que padecen de ansiedad y depresión es mayor a seis millones de personas. Salvador Ros, Presidente de la Asociación Española de Psiquiatría, confirmó estos números junto con Josep Ramon Domenech, coordinador del Congreso Nacional de Ansiedad VII. Además, Domenech sostiene que más de la mitad de las personas que luchan con la depresión y la ansiedad no buscan ayuda especializada y una gran cantidad son diagnosticadas erróneamente.

Niños que han crecido en hogares violentos o personas que han estado en la guerra tienden a tener un hipocampo más pequeño.

En el transcurso de mi vida he tenido que lidiar con la depresión, pero empecé a enfrentarme con la ansiedad desde hace dos años. He entrado en un ciclo vicioso de temor y auto desprecio. Enfrentarse a la depresión y a la ansiedad pueden destruir a una persona. En mi caso, puedo sentirme perdida, sola, confundida, enojada, exhausta e incomprendida y estos sentimientos se pueden manifestar durante el día buscando el aislamiento como remedio.

 

¿Qué está sucediendo en mi cerebro?

Los científicos del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, utilizando tecnología de imagen cerebral y técnicas neuroquímicas, descubrieron que la amígdala y el hipocampo están presentes en la mayoría de trastornos de ansiedad. “Se cree que la amígdala funciona como un eje de comunicación entre las partes del cerebro que procesan las señales sensoriales entrantes y las piezas que interpretan estas señales”. Una de sus funciones es alertar al cerebro cuando percibe una amenaza, activando así la ansiedad. Nuestras memorias emocionales están resguardadas en la parte central de la amígdala” , explican.

“Los seres humanos estamos predispuestos a creer solamente aquello que podemos ver” – Claire Allen.

El hipocampo es la parte del cerebro que codifica los recuerdos de los eventos en los que experimentamos peligro. Por ejemplo, niños que han crecido en hogares violentos o personas que han estado en la guerra tienden a tener un hipocampo más pequeño. Los científicos continúan estudiando por qué se reduce de tamaño del hipocampo y el impacto que pueda tener esto en nuestra memoria explícita.

En otras palabras, la ansiedad no es un invento de las personas que la padecen. De hecho, muchos luchamos con ella a diario, aunque haya quien ni siquiera sepa que lo que sienten es real y que tiene tratamiento.

 

Trivializar el dolor de los Otros

“Están desesperados por recibir atención” o “en el mundo hay problemas más serios”. Y, sí, ésta es la mejor: “¡Deberían ser más positivos y estar agradecidos a la vida!”. Esos son algunos de los comentarios de quienes sufren otra menos silenciosa enfermedad aunque más dañina, la ignorancia. No niego que la actitud es importante en el proceso de curarse o aprender a vivir con las enfermedades mentales, pero no es que no queramos ser felices y vivir bien, es que la ansiedad tiene su poder y para vencerla requiere esfuerzo, tiempo y paciencia.

En un artículo publicado en ‘The Guardian’, la escritora Clare Allen afirmaba que “la naturaleza invisible de los problemas de la salud mental, el hecho de que no aparezcan en una radiografía o que no haya un examen de sangre que pueda diagnosticar la depresión, es la base de mucha de la discriminación a la que se enfrentan las personas que padecen ansiedad o depresión. Los seres humanos estamos predispuestos a creer solamente aquello que podemos ver”.

Fotografía de Jon Hill.

La ansiedad no es visualmente dramática, como una herida que sangra. Foto: Jon Hill.

¿Cómo demuestras que tienes trastornos emocionales? Todavía hay mucho por hacer para divulgar sus síntomas y cómo afecta a la vida de las personas, además de crear un ambiente de compasión y comprensión. ¿Por qué juzgamos tan rápidamente? ¿Por qué trivializar el dolor de los otros?

El que no puedas ver el sufrimiento de una persona no significa que ese dolor no sea real y ni merezca reconocimiento. Y el número de jóvenes con trastornos de ansiedad y depresión está creciendo exponencialmente en nuestro país mientras la sociedad se queda de brazos cruzados.

 

¿Y que más?

En estos dos años he tenido que aprender mecanismos para poder sobrellevar la ansiedad. El año pasado ocurrió algo que me llevó a buscar ayuda: Mi abuela murió y esto me destrozó. Las pérdidas son siempre difíciles, pero ésta en particular me afectó mucho. Me sentí realmente aislada y sola, ya que mi familia y yo vivimos en continentes opuestos y no pude ir a despedirme de mi abuela, ni a acompañar a los míos.

La primera sesión de psicoterapia fue tan intensa que no me di cuenta de que habían pasado dos horas. Fue un gran alivio poder llorar de forma tan desmesurada, hasta descarada; fue reconfortante mostrar mi rabia y frustración tan abiertamente. La terapia es muy distinta que tomar un café con un amigo o una amiga y contarle tus problemas, me permite ser totalmente egoísta y decir realmente lo que siento sin miedo a ser juzgada o malentendida.

“Hay sesiones de psicoterapia que son duras y trabajar en ti es un compromiso para toda la vida”

Quiero dejar claro que la ansiedad no tiene un remedio mágico y no desaparece de la noche a la mañana. Pero, poco a poco, me libero de todo ese peso que llevaba cargando conmigo, peso que ni siquiera era consciente que me afectaba. La terapia no es lo que ves en la televisión, para que funcione tienes que establecer una relación de confianza con tu psicóloga y si no hay confianza, no te va a servir.

Cuando asisto a mis sesiones no puedo tomarle el pelo a mi psicóloga. Ella me conoce, sabe cuándo miento y por qué. Por mi propia naturaleza siempre estoy a la defensiva y trato de protegerme de la crítica. Hay sesiones que son duras y trabajar en ti es un compromiso para toda la vida. Mi trabajo no se acaba cuando dejo la consulta.

Además de la terapia, tuve que aprender a tomar decisiones más inteligentes. Una de ellas fue renunciar un trabajo que me hacía sentir miserable y que empeoraba mi estado de ánimo.

Ahora la prioridad me la doy a mí. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? Hay días en los que lo que realmente quiero y necesito es estar sola. No se trata de que no me importen mis amigos, simplemente tengo que cuidarme antes de cuidar a otros. Muy lentamente empiezo a hacer ejercicios, a comer mejor, a beber menos alcohol y a dormir más. Todo suma.

Si tu estás luchando contra la ansiedad, la depresión, desorden bipolar o cualquier otro trastorno, no estás sol@.