Hombre de eterna sonrisa, muy amigo de sus amigos, que son muchos, al fotógrafo Alfredo Sánchez lo conocimos por una de esas maravillosas casualidades que te llevan a montar una fiesta en un ático barcelonés cuyo propietario te abre sin más las puertas de su casa, porque así es, como al tiempo supimos, Alf.

 

El paradigma del viajero, un hombre generoso al que el mundo se le queda siempre chico por su enorme hambre de conocer al ser humano en sus diferentes facetas y retratarlo con su cámara para mostrárnoslo al resto. En la puerta de su habitación, postales de aquellos otros viajeros que alguna vez se hospedaron en su casa y también fotografías de los lugares que ha visitado.
Recuerdo que en aquella primera conversación hablamos de amaneceres; hoy me doy cuenta de que la persona tras la cámara es tan importante como la propia obra y que si las fotografías de Alfredo Sánchez están llenas de belleza se debe a que es la única forma en la que concibe el mundo.
Acaba de volver de Nepal, donde estuvo retratando a los habitantes de pueblos remotos del Himalaya.

 

Las personas emprenden viajes por muchos motivos. ¿Cuál es el sentido de tus viajes? Para mí el punto fundamental es conocer qué es lo que hay ahí afuera, diferentes culturas, diferentes modos de vida. Es emocionante poder ver cómo somos muy diferentes los unos de otros en algunos aspectos y, sin embargo, en otros somos muy parecidos… Encontrarnos a nosotros mismos es algo íntimamente ligado al viaje, ya que al viajar solo hay situaciones límite que te hacen darte cuenta de quién eres. Y por supuesto, un viaje es siempre una huida de la rutina de la vida cotidiana.

 

¿Cuál fue el primer viaje que emprendiste? ¿Y el que más te ha marcado? Mi primer viaje importante que cambió mi vida para siempre fue el Erasmus que hice en Glasgow, en Escocia. Hasta entonces no había salido prácticamente de España y descubrí que me encantaba viajar, conocer gente y comunicarme en otros idiomas. Cuando volví a Zaragoza comencé a viajar y también viví dos años en Torino, en Italia, y ocho meses en Santiago de Chile; ambas experiencias fueron estupendas y muy enriquecedoras.

“Creo que todo fotógrafo debe tener un periodo de aprendizaje y un periodo de madurez”.

Te marchas para volver siempre a la misma ciudad, Barcelona. ¿Es un anclaje o es que esta ciudad significa algo más para ti? En Barcelona se vive muy bien. Cuánto más viajas, más conoces y también te das cuenta de qué quieres sacrificar y que no. Para mí la calidad de vida, la seguridad y, por supuesto, estar cerca de mi hermana y mi familia es algo que no quiero perder.

 

Cada viajero tiene su forma de descubrir un lugar. ¿Qué es lo primero que sueles hacer cuando llegas a un nuevo país? Pues en la medida de lo posible, dado que un país es muy diferente de otro, encontrar a alguien local que me pueda explicar la ciudad o el país. Llevo años recurriendo al CouchSurfing, alojando y siendo alojado, y creo que es la mejor forma conocer de un lugar. Además, se crea un vínculo muy especial con la persona que te hospeda.

 

¿Es diferente viajar con una cámara a hacerlo sin ella? ¿Cómo te llegó la pasión por la fotografía? Si yo no voy con una cámara siento que me falta algo. Durante un viaje largo que hice alrededor del mundo de un año y medio me interesé más y más por fotografía, me compré una cámara un poco más profesional y a partir de ahí todo fue practicar, practicar y practicar. A mi vuelta a Barcelona quise profundizar un poco más, así que realicé un curso.

 

Hay fotógrafos más paisajistas y otros, en cambio, centrados en el retrato. En tu caso, hay una combinación de ambas cosas. ¿Cuál es tu obsesión fotográfica? ¿Qué te invita a captar un momento o un lugar? Creo que todo fotógrafo debe tener un periodo de aprendizaje y un periodo de madurez. En mi caso, viajar por el mundo durante mucho tiempo me permitió ver muchísimos lugares increíbles, así que mi primera fotografía fue de paisaje. Pero con el tiempo vi que mi interés se centraba en áreas remotas y sus gentes. Es algo que hoy en día me interesa mucho más y lógicamente se refleja en mi fotografía.

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Me llama la atención que en tu web pongas énfasis en que siempre que captas a un niño intentas que esté sonriendo. ¿Por qué? ¿Qué opinas de la función de la fotografía como herramienta de cambio social? Para mí hubo un viaje muy importante que fue el mes que pasé en la India. Allí pude ver y conocer gente que no tenía nada y, sin embargo, eran felices. Así que yo creo que eso me influyó para que en las zonas remotas a las que viajo intente demostrar que la gente, aun siendo pobre, son felices; te ofrecen lo poco que tienen y nunca les falta una sonrisa en la boca. Intento dar a entender a todo el mundo, sobre todo a quienes no viajan y se preocupan por pequeños problemas cotidianos, que la gente que no posee nada es feliz.

 

¿Consideras que tenemos tendencia a reflejar siempre el lado amargo de un país? Es curioso que lo digas porque el otro día comentaba con un fotógrafo de viajes, Jesús G. Pastor, que tendemos siempre que vamos a algún país extranjero a retratar la tristeza, la desidia, a los niños desnudos o sucios. Sí que es así pero, como te digo, siempre intento que salgan con alguna sonrisita que otra.

 

Se ha hablado mucho de la ética del fotógrafo, ¿crees que siempre se debe pedir permiso antes de hacer una foto a alguien? ¿En qué casos no? Depende de lo que quieras expresar con la foto. El tipo de foto que hago yo requiere un acercamiento y una conversación, porque mi intención es captar cómo es esa persona interiormente. Si no le pidiera permiso, su cara sería de sorpresa o enfado, o se la taparía, y eso no me permitiría captar su interior.

“Aunque Nepal fue duramente golpeado el año pasado por dos terremotos, la gente sigue siendo alegre y feliz”.

¿Qué otros fotógrafos de viajes te inspiran? Dos grandes maestros que siempre me han gustado son Sebastiao Salgado y Steve McCurry. Recientemente he descubierto a un fotógrafo francés que reside en Vietnam, Réhahn, que es uno de los mejores retratistas del mundo y siento mucha afinidad con su fotografía.

 

Acabas de volver de Nepal. Háblanos de la serie de fotografías que estás preparando sobre el viaje. Gracias a una ONG de Zaragoza, Subhakamana, gestionada por unos amigos, pude entrar en contacto con otra organización canaria que lleva mucho tiempo trabajando en Nepal. Su fundador, José María Díaz, me pareció una persona increíble y gracias a su ayuda pudimos acceder a áreas remotas donde la ONG trabaja en la construcción de escuelas  y la escolarización de los niños, e incluso han puesto en marcha una residencia donde viven niñas que han sido maltratadas, abandonadas, que las han intentado vender… Estoy preparando estos días una exposición con unas 30 fotografías donde intento reflejar todo esto. Fíjate que gracias a esta experiencia pude entender una cosa que me parecía rara. Aunque Nepal fue duramente golpeado el año pasado por dos terremotos, la gente sigue siendo alegre y feliz. Pero, curiosamente, con los niños y la gente en general me pasaba que al pedirles que posasen para una foto, en el momento de disparar se ponían serios. Pero serios, muy serios. Me explicaron que para los nepalíes es la forma institucional en que se toman las fotos y en muy pocas ocasiones los verás sonriendo ante la cámara.

 

Un viajero siempre tiene una maleta preparada. ¿Cuál va a ser tu próxima aventura fotográfica? Tengo tres destinos en mente y espero poder visitarlos este año: El primero es Cuba y quiero hacerlo antes de que las cosas cambien radicalmente; también quiero volver a Colombia, país que me fascinó cuando fui por primera vez a fotografiar a un pueblo de la Guajira, los Wayuu, y, por último, tengo planeado visitar Etiopía, el inicio de la civilización, y poder retratar sus distintas tribus (que hay muchas). Mientras tanto, me puedes encontrar casi siempre por Barcelona.