El templo de Pashupatinah es un complejo sagrado a orillas del río Bagmati, en Katmandú, donde se rinde culto al señor Shiva, el Destructor, en su manifestación de Pashupatinah, la deidad de los animales.

 

A vista de pájaro se puede apreciar la multitud de pequeños templos y pagodas puntiagudas y enmohecidas a orillas del río, envueltas en el humo negro de las cremaciones. A este complejo sagrado acuden en peregrinación los shivaístas de todo el mundo, pues después de Benarés, en la India, es considerado un lugar santo en cuyos crematorios viven los Aghori, los señores de la Oscuridad. Temidos y catalogados despectivamente de “secta” por el hinduismo ortodoxo, estos santones negros, que visten como única ropa las cenizas de la cremaciones, adoran a la muerte y a lord Shiva y en su amor perpetuo al dios de la destrucción, que está en todas partes y es uno con el cosmos, son capaces de realizar los ritos más aterradores para un occidental.

Llevaba dos semanas en Nepal viviendo en un orfanato al que había llegado por casualidad en mi camino hacia el Himalaya, cuando a la editora de Láudano se le ocurrió la idea –estrambótica, como siempre- de que entrevistase a un aghori. Entonces yo ignoraba la diferencia entre un sadhu común, un santón mendicante fumador de hachís como tantos otros que conocí en la India, y aquellos otros santos sombríos. “Viven en un limbo entre la vida y la muerte, practican tantra, son médiums”; apenas me bastó una sucinta explicación para verme impelido por mi sed de aventura a subirme en una camioneta con destino a Pashupatinah, donde aún debería caminar más de una hora hasta toparme con la ancha avenida en la que los augures de la zona leían en las piedras y en las palmas de las manos el futuro de los fieles. Al rato vi el humo negro de las cremaciones, ese olor a carne quemada que no se te desprende de la ropa cuando te sientas en un ‘ghat’ a ver una incineración como si estuvieras en un circo romano. Porque así es como funciona: te sientas en las escalinatas y observas el cortejo fúnebre que transporta el cuerpo del difunto cubierto por un sudario naranja y flores, luego queman el cadáver y avisan a los niños para que se aparten del margen del río desde donde lanzarán los restos; el hinduismo es la gran doctrina en la que vida y muerte son una misma cosa.

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A escasos metros de la zona de cremación, vive el aghori baba Paglanat, o P. N., como le gusta que le llamen. Su casa de paredes negras está asentada en un negro parterre salpicado de malas hierbas en el centro del cual descansa una fuente de la que no mana ni una gota de agua. Me descalcé antes de entrar y dejé los zapatos en la puerta pensando que tal vez no los volvería a ver. Paglanat estaba sentado en un camastro, contemplaba por la ventana los baños de los críos a orillas del Bagmati. No me miró durante gran parte de la conversación; se colocaba un pie sobre el hombro, llevaba la otra pierna al hombro contrario y así mostraba su flexibilidad de yogui de setenta y seis años. “Cuando la maldad está viniendo, el aghori recita el mantra. ¿Sabes lo que es un mantra?”– me tradujo un hombre desdentado que actuaba como su asistente. Los mantras son sílabas sagradas que si se pronuncian repetidas veces ayudan a meditar y que Paglanat utilizaba para capturar la maldad, “el alma de la Muerte”, dijo. “Cuando las personas traen un cuerpo muerto le ofrecen su carne al aghori como alimento y él puede comérsela”, me explicó el traductor y, seguidamente, apuntó, quien sabe si para tranquilizarme: “Su gurú comía carne, pero él no. Su gurú ya ha muerto”.

Los aghori rinden culto a las piras funerarias. Tienen su propio fuego, que protegen. Los hindúes creen que el Cosmos está hecho de cinco elementos y para los aghori el fuego abrasador es un símbolo del amado Shiva. Un aghori siempre es iniciado por un gurú que lo escoge como discípulo y antes de convertirse en santo debe pasar unos doce años viviendo en un crematorio. Pero el primer paso en su iniciación es conseguir un cráneo humano de los que se amontonan en los crematorios, que será el cuenco que emplee en sus rituales, también para comer y beber. Un cráneo, símbolo de Shiva.
El asistente traduce: “No quiere amar lo material, no quiere casarse ni vivir en familia para no volver de nuevo al mundo”. Mientras, el viejo sigue doblándose y hablando, ajeno en apariencia a mi presencia. Este es el camino para conseguir la salvación, el “nirvana”, dice, la forma más rápida de limpiar su alma de los karmas acumulados y conocer el cielo. Luego critica a los sadhus “libres” cuya santidad es solo para los turistas. Paglanat no mendiga ni practica sexo, si bien tiene algunos discípulos a los que enseña yoga, muchos, apunta, nepalíes. Es curioso que mencione el “sexo” como algo negativo, cuando el yoga que practica es tántrico y, por lo que sé, el tantra yoga es una antiquísima tradición que incorpora múltiples prácticas sexuales para canalizar la energía. De hecho, a Shiva, el dios al que dedica su vida el aghori, se le conoce con el nombre de “falo brillante”.

“Cuando las personas traen un cuerpo muerto le ofrecen su carne al aghori como alimento y él puede comérsela.”

Entró en la casa una mujer anciana y el aghori la bendijo. “Mucha gente viene a ser bendecida”, explica el asistente (¿lo era?) y luego habló del alma, del alma sin sexo que al morir vuelve al mismo lugar del que vino. “Nuestro cuerpo –continuó, prensándose el pellejo- es una imitación, un vehículo, pero el alma viene de dios”. Y entonces dijo algo que me provocó un sudor frío, dijo que un hombre y una mujer tienen en común el sabor de su carne. “Quiere decir –aclaró el traductor, entiendo que al verme la cara-, que para que la creación sea posible masculino y femenino son necesarios”. Agradecí el apunte, aunque nunca me había preguntado cómo sabe un cuerpo humano y tampoco tengo ningún interés ahora, pero la cuestión del hombre y la mujer, la dualidad complementaria… “Párvatis – escupió el aghori-, ellas, las Párvatis…”.

Párvati fue la segunda esposa de Shiva. Igual que el argumento de un culebrón, el dios Destructor se casó con ella tras la muerte de su primera esposa, Sati, porque creía que era su reencarnación. Los hinduistas piensan que Shiva y su familia viven en el monte Kalaish, en el Himalaya. Cada año miles de personas hacen largas peregrinaciones para rendir culto a un falo gigante, de piedra, que es su representación icónica y se encuentra en un valle símbolo de un yoni o vagina.
Cuando me despedí del aghori seguía escupiendo con una vehemencia bastante graciosa “Párvatis, ellas… Párvatis…”. Pero para entonces yo ya tenía una idea formada de lo que vendría a continuación: Habría de llegar a Kalaish, el corazón de Shiva, si quería escuchar el latido de un aghori.